Alunando

Esnobismo y vulgaridad

Tratar de construir con este nervio furtivo una habitación donde entren los arboles, despeine el sol y duerma una nube.

"Y os daré un poema lleno de corazón en el cual me despedazaré por todo lado"

" ¿Qué es arte?

- Nada que no pueda hacer un carnicero-"

domingo, 19 de mayo de 2013

Poems in law to Lisa - Roque Dalton




¡Vámonos! ¡Vámonos! Estoy herido...
César Vallejo

I

Lisa:
desde que te amo,
odio a mi profesor de Derecho Civil.

¿Puedo pensar en compraventas
con rostros de ventanas de cárcel,
en la teoría de la causa que me parece un túnel
lleno de grillos rojos y de raíces que se frustraron sin el sol,
en hipotecas con tuberculosis,
en el registro
de la asaltante propiedad raíz?
¿Puedo pensar en eso, digo,
si tengo en pos de mi ansia tus grandes ojos simples
y oscuros como un lago nocturno,
tu voz reciente como la fresca madrugada de mañana,
tu aroma musical -oh, fugitiva-
que guardo entre los dedos de mi mano derecha?
Lisa, la transparente
hija del aire:
tu desnudez me pide
el matutino sol de la pradera,
mis manos descendiendo desde la flor del agua
para salvar tu sangre
de las arterias verdes de la grama.

Y yo, pobre galeote de este siglo,
siervo inconcluso del hastío y la sangre,
te escribo y te amo mientras todos hablan
de los contratos de adhesión.

Ah, Lisa, Lisa, estoy
completamente herido.

II

Pobre de mí, querida,
solo con mi terror entre los Códigos,
estudiando Derecho con carne de presidio,
negando al cielo entre muchachos gordos
que creen firmemente en los rinocerontes,
pensando siempre en encontrar un bar
en donde si quitáramos las mesas
quepan la madrugada y tú junto a mis ojos.
Pobre de mí,
pobre de mí,
que soy marxista y me como las uñas,
que amo los suaves garfios de la arena,
las palabras del mar y la simplicidad de la gaviotas;
que odio los Bancos,
las inyecciones de complejo B,
la nocturna crueldad de los motociclistas
que lanzan rudas piedras al ángel de los sueños;
pobre de mí, querida,
pobre de mí,
pobre de este muchacho que nunca hirió a los árboles,
a quien todos exigen estos días
que lea amablemente a Jellinek,
que se acueste desnudo con las tarifas aduanales
y así jure ante el viento que el juez es superior al asesino.
Ah, Lisa, Lisa, estoy
completamente herido.



domingo, 12 de mayo de 2013

Las mujeres sin sombra


Acabo de leer un artículo en internet, se llama “No te enamores de una chica que escriba”, olvidaron poner “mal” al final “una chica que escriba mal” o que escriba con los sobacos, pero en todo caso no conozco muchas chicas que escriban quien sabe, dice que esas chicas te llenaran de felicidad, no lo sé, dice que harán que las historias aburridas parezcan magnificentes no lo sé y que te avergonzarán con su imprudencia. Es básicamente una de las cosas más absurdas que haya leído en días, cinco minutos de mi vida que ya no regresaran, tiempo que ha pasado, cosas que se han ido. Pienso que aquello es por supuesto ¡mentira!, ¿quién iba a querer salir con una muchacha que escribe?, Herta Müller despierta cada mañana y piensa en su guerra, los sapos de los estanques revuelcan su pobre estomago de nobel  y sus libros aparecen por montones (o tal vez no), sobre cientos de mesas y bibliotecas, y ella es una mujer que escribe, y sus mañanas solitarias dan fe de ello, y su ex esposo Mr. Wagner sabrá decir el tipo de pesadillas que su pobre mente sostenía todas las noches imaginando a su mujer sentada en su escritorio escribiendo un cuento magnifico, escribiendo sobre la rana de tierra, él mismo viendo a su rana de tierra peinándose, no quiero pensar que la aflicción matará cualquier indicio del amor, pero sé que una mujer que escribe y lo hace bien, acaba probablemente sola, escribiendo Un Ensayo Narrativo en 29 Tangos. Salir con una mujer que escribe implicaría que una infidelidad aunque fuera falsa apareciera en un poema sin igual, hiciera famosa a tu mujer,  que tu condescendencia forzada y tu soberanía innata la maten y ella como confirmación única de su testamento parafernalico te hiciera una novela magnifica de la que no podrás zafarte jamás. No sé si las notas que Sor Juana dejaría en algunas servilletas les parecieran graciosas y ocurrentes a las otras monjas, o a sus amantes imaginarios con quienes luchaba bruscamente, mientras la gracia removía las uñas de sus pies, no sé si ahora una muchacha que escriba mantendría la fe de un hombre que la siguiera.



Las mujeres buenas ganarán el cielo, las mujeres dulces ganarán el cielo, las mujeres blandas ganarán el cielo y la mayoría de las mujeres duras también, algunas escritoras ganarán el cielo e incluso en un acto de valentía y soberbia todas las estudiantes de arquitectura ganarán el cielo,  y ¿qué tiene que ver todo esto conmigo? al final de cuentas nada, he conocido mujeres magnificas que llenarían de alegría cualquier vida, lindas mujeres que se levantan por las mañanas y cocinan, es claro que no solo las mujeres que escriben  son encantadoras, no, Silvina Ocampo levanta los brazos y se rinde, Bioy Casares no llega a su casa, le importa un carajo que Silvina sea escritora, necesita una Marina Abramovic que teja sacos de lana para el invierno, nadie lo sabe. Las mujeres que escriben lo saben, pero es difícil abandonar los libros, es difícil dejar de ir a las bibliotecas, es difícil no mirar, es difícil no salir, es difícil no morir, es difícil. Y ellas saben que el amor no radica en ningún oficio y que hay una infinitud de miradas que se hacen aunque nadie vaya a verlas nunca, jamás. La afinidad no depende en absoluto del oficio, las camareras de ojos azules también mueren solas, las estudiantes de derecho también son traicionadas, las muchachas que no leen sino el menú del restaurante también piensan que debe haber otra cosa, aunque su imaginación fuera incapaz de saber lo que es, la importancia que tiene.

El último párrafo de ese artículo decía que si una chica que escribía retaba tu mente y eso te parecía demasiado había que huir de ella,  en ese momento  me di cuenta que no se trato nunca de las chicas que escribían, al final de cuentas no se trataba de las chicas que son dulces, después de todo y la mala redacción y las frases que contrariaban un párrafo con el otro note que el articulo no se trataba de los poemas y la manía de escribir, ni siquiera tenía que ver con las mujeres, con ninguna de ellas. Después de todo el articulo se trataba apenas de los hombres que las perseguían. 


El amor de los nadie



Hace días hable con un muchacho que conocí esperando un autobús  me dijo que necesitaba sentir la devoción del mundo. Sé a lo que se refería, la belleza del mundo cayendo con la violencia del amor sobre el rostro de una mujer que no contiene nada dentro de sí misma, otros seres habrán podido detener antes el palpito de nuestros cansados ídolos, la ternura de la soledad, una estatua enorme que se erigía sobre todos los hombres como la verdad, como dios mismo cerrando la boca de los incrédulos, una melancolía que en realidad era amor. El nocturno de Chopin es posiblemente la única pieza musical que sabe cómo detener el tiempo, justo como lo hace el amor, justo como lo hace la mirada enamorada de una mujer  que quiere demasiado, que deja crecer en su boca El amor de los nadie.  El amor es el primer paso para aprender a querer, el enamoramiento primero nos arrastra  a la sumisión de los sentidos, dejarlo todo, querer alcanzar  ese amor cóncavo, ese amor pequeño y reflexivo que sentimos se ha ido hace tiempo muy lejos, muy lejos,  y está en un lugar donde los despojos de la carne son bromas sobre la verdad, hermosas bromas sobre las burbujas del océano y la espuma de las olas, enamorarse es aceptar que cada uno por separado vamos a ser una dimensión que juntara con la tristeza del amor nuestros  corazones, algo tan superior que no podemos hablar de ello porque es posible que nuestro basto lenguaje incapaz de mover una sola pestaña frente al amor se marchite y no exista, cosas que no hemos nombrado jamás, heridas tan profundas que de ningún modo serán conocidas, aberturas tan amplias dentro de los ligamentos de la carne que nunca podrá zafarse de nosotros la suprema sensación de humildad y ese miedo inmenso de no amar nunca más. Hay días en que no siento pena, pienso; la humanidad, que grande espacio entre la luz y la luz.

Trato de creer en ese amor, sé que he sido pobremente participe de él,  no pienso morir jamás, y mi amor tampoco porque es un amor sin destinatarios, un amor tan extraño que se me sale de las manos mientras camino, un amor que se pega en las cosas un amor que se queda enredado en los botones de los abrigos y jamás deja de descocerse, un pobre amor muy cierto. Quiero creer en él, pero después de la propagación de mi amor, que no se apaga nunca vuelvo a casa, y veo con tristeza que el 14 de marzo ha sido el día más trágico que he tenido en años, mi carne está hecha de santos, mi abuela era una santa que alimentaba 12 niños ajenos y era castigada y rechazada por amar, mi madre ha llegado a las 10 de la mañana después de un día y una noche en el hospital cuidando a mi hermano adolorido,  mi vecina llega a mi casa llorando y cojeando, hace menos de un mes le dijeron que debían intervenirla porque la pobre tenía un problema muy serio en la vesícula,  cuando llego el día de su cirugía, fue remitida al quirófano y en el paseo con silla de ruedas pensó en medio de su dolor abdominal y su insoportable molestia que todo iba a estar bien; en la cirugía le extirparon  las trompas de Falopio y le halaron el útero, mordisquearon sus vísceras y luego dejaron dentro de ella un par de algodones pudriéndose, todavía no le extirpan la vesícula ni  le ayudan, se arrastra hasta mi casa quejándose mucho de su dolor, pidiendo auxilio, mamá la cuida aunque hace más de 24 horas no duerme ni descansa, ora por ella, impone manos, le prepara un agüita para los nervios, consigue el numero del esposo de mi vecina y lo llama, le pide con carisma sin igual que venga pronto porque la señora B se ha puesto mal de nuevo, se vuelve hacía ella y le sonríe como diciéndole que todo se va a poner bien, y cuando ha acabado de curar sus heridas emocionales y la ha dejado en su casa esperando a su marido, recibe con alegría a su vecina predilecta una mujer de más de 50 años, sin hijos, ni esposo, ni padres, ni casa, ni pensión, ni un seno, porque a veces el cuerpo humano no tiene compasión consigo mismo y decide auto mutilarse con amor, con un amor inútil similar al de la humanidad, mamá le consigue un empleo de un día para que tenga algo de dinero, mamá recibe llamadas tristes todo el  tiempo porque ella es una sanadora, una protectora de los desamparados, no está interesada en nada, no quiere evitar el mal, no huye de los placeres de la carne porque a ella no le queda tiempo para eso, ella piensa en hacer el bien. Unos familiares cercanos acaban de sufrir una calamidad; su primo (sobrino, nieto) de 14 años muere, mamá envía un -que triste- y consuela por teléfono a mi prima. La semana pasada encontraron en un humedal a una niña de mi familia, una niñita que nunca conocí y a quien yo no recuerdo, pero mamá si y por eso ella consuela a la familia y no yo. El sobrino de una de las mejores amigas de mi madre murió la semana pasada, uso una jeringa infectada y su pobre cuerpo casi adolescente patino sobre la tierra y luego bajo ella y después  de hacer una caminata supra lunar por los rincones más habitados de sí mismo, murió, mamá consuela.

Una rubia acuerpada que vive al final de mi calle vino a la ciudad  y se comprometió con un anciano de 83 años porque le prometieron que si lo cuidaba hasta la muerte iban a darle una buena parte del dinero de la pensión, el viejo se suponía no tenía más de 4 meses aquí en este lado, hace más de un año, ella vive con el viejo, viene a casa llorando y dice que no soporta más eso, que va a buscar un trabajo, que va a abandonar al viejo, que ya no le interesa la pensión, es muy infeliz, mamá hace agua aromática y la consuela.

Mamá es parte de una dinastía de la Santidad que no para nunca las obras, ella hace parte de una raza compasiva creada y evolucionada en comprensión, mi madre no soporta mi insomnio ni mi cansancio, es una buena mujer, sencilla y bonita, mucho más bonita que yo, mucho más sencilla, mucho más buena.

Hoy mi prima la que me hacía prometer que jamás iba a contarle a nadie que fumaba, ahora crecida, con dos hijas, llega a mi casa llorando mientras mi madre ya no está, viene en su motocicleta, está enojada con el mundo, está enojada con la miseria, pasó a una casa de inquilinato que pertenece a mi abuela y vio en un baño a un niño enfermo y amarillo temblando junto al váter, cubierto de vomito y con unos enormes ojos de haber llorado toda la vida, temblando por una posible enfermedad de quien sabe que, su niñera Doña Niñera una mujer golpeada por su marido a quien mi madre a redimido en muchas ocasiones y a quien ayudo después de que su cónyuge le aventara tan fuerte el amor en la cabeza que le hiciera sangrar los oídos, ha dejado al niño en el baño pudriéndose mientras habla con las vecinas sobre algunas cosas seguro muy importantes para una mujer que no tiene en la vida más que un vecindario y tal vez dos o tres sueños para unos hijos por los que da la vida, quizá más, porque la gente es ambiciosa, quizá más… Cuando mi prima llegó el niño lloraba en el baño y otros 10 niños a los que Doña Niñera cuida en una habitación  de 4 x 5 estaban corriendo por todos los pisos y gritando, mi prima grita a Doña Niñera, la niñera no está interesada en nada, mi prima la grita de nuevo y Doña Niñera viene enojada y agarra al niño fuerte por el brazo y lo saca arrastrando del baño, mi prima grita a la niñera y la insulta, Doña Niñera sube las escaleras y mete al niño en el otro baño, mi prima sale encolerizada de la casa mueve su moto una calle entra a mi casa enojada, deja el casco en la mesa, me mira tan duro que casi me duele y le dice a mi abuela, que esta sentadita en una silla casi a medio dormirse esperando que alguien venga a acompañarme mientras trabajo, que ella no puede más con eso, se pone a llorar nos cuenta su pobre historia, llora mientras piensa en sus hijas y se las imagina medio desnudas y enfermas llorando en un baño mientras la orina les escurre por las piernas y tienen fiebre, se las imagina siendo golpeadas por una desconocida, piensa en sus hijas profanadas, en sus infancias cortadas para siempre por la oscuridad de una casa de inquilinato donde los vecinos gritan mucho  los niños almuerzan en el suelo del pasillo y pintan sus dibujos infantiles sentados en la escalera de la comunidad, llora y le dice a mi abuela que eso es pecado, que eso no puede seguir así, que esos niños están en condiciones infrahumanas bla bla bla, mi abuela no dice nada, sonríe a veces y se tapa la cara, no es una sonrisa de maldad sino de incomprensión, mi prima se va  enojada y dice que no va a volver a esa casa nunca más, y que no quiere vernos. Se va en su motocicleta llorando. Lo cierto es que está un poco sentimental porque fue ella quien hace unas horas supo de la muerte de su primito de 14 años, que se murió enloquecido por los espíritus de la ouija según creen, que se murió loco y triste y le dio un ataque respiratorio en cuanto lo mandaron a su casa porque no era posible diagnosticarlo aun, después de tres meses de hospital y grititos detrás de las puertas y pequeños secretos en blanco y negro que corren por las calles y se meten a morirse en los hospitales del estado. Ella se va, indignada, cansada, no es justo, no es humano bla bla bla. Cuando sale, mi abuela me dice que no entiende porque mi prima se ha enojado, - Los niños sufren mucho, algunos hasta se mueren debajo de sus camas en las casas de inquilinato.- dice mi abuela, ella alimento a cuatro niños pobres que dormían en el suelo y se quedaban solos todo el día en su choza mal hecha porque su madre tenía que salir a trabajar, mi abuela calentaba los frijoles dulces que la madre les dejaba en una olla sucia y hacia que comieran, me habla de los frijoles dulces, dice que los tengo que probar, que son magníficos, -deben serlo- le digo, pueden ser una delicia culinaria pienso, mi abuela hospedaba en su casa un número significativo de familiares durante meses, y les daba comida y bebida, mi abuela ponían en alquiler cuartos para señoras con más de cinco hijos que trabajaban todo el día, mi abuela peleaba porque dejaban niños encerrados, mi abuela no era una activista, no era una feminista, ella conocía su lugar, no de sumisa si no de humana, gente, mi abuela dio posada durante semanas a una niña enferma a la que le hedían las piernas y no podía caminar, en alguna reunión familiar, la niña de las piernas enfermas ya crecida agarro a mi abuela y la abrazo tan fuerte que ella creyó que moriría de una asfixia esotérica, mi abuela no la reconoció, no sabía quién era, era una mujer alta que la abrazaba y le decía mamá chavita, mi abuela tuvo que preguntarle quien era y entonces ella respondió que era la niña María, la que tenía mal las piernitas dijo y agradeció por todos los cuidados de la infancia, a mi abuela le pareció bien y luego siguió ayudando en la cocina sin darle mayor importancia a los elogios que le pusieron encima, -A mi también me ha tocado sufrir mucho por la gente que sufre- dice mi abuelita –No sé porque su prima se queja si ella nunca ha visto  a los niños que sufren de verdad, en la casa por lo menos los niños tienen comida y alguien que los está vigilando, porque iba a escandalizarse uno porque los niños se sientan en el piso a dibujar o a almorzar, cuando los niños que de verdad sufren están todos los días solos en su casa y son violados por los vecinos, a mi me parece que están mejor  ahí con Doña Niñera- le digo que sí  es cierto abuela, los niños sufren mucho.



Trato de dar ese amor pero no puedo, porque mi amor no es beatifico, mi amor es el amor de los nadie, un amor nacido de mi egoísmo perro del infierno sostenido por la mano agujereada de Jesús Señor Espíritu Santo, El cancerbero aparece en la biblia, dice que Dios todo poderoso sostiene al demonio que es como perro miserable, que le deja ladrar para molestar el pecador y acongojar su alma. Un amor que se reparte por la calle en silencio, un amor que se va con la gente y no regresa, un amor que no hace bien a nadie ni gana premios de paz pero que parece bello, he estado dos horas viendo la cara de  Marina Abramovic, su expresión me entristece, soborna la fragilidad de mi corazón y me siento agredida por ella, un mujer de 60 años que parece de 45 y busca amantes de menos de 30, hace un performance en el que permanece todo el día sentada viendo gente, tienes dos minutos para sentarte y mirar a los ojos a la señora Abramovic, la gente llora, pienso que debe ser hermosa, que dentro de sus ojos los gusanos deben pasar todo el tiempo y se deben ver cientos de pájaros cruzando de un lado al otro. La desgracia y el amor hacen parte  de la realidad, ambos están ahí ¿en cuál deberíamos creer? En el amor de los nadie, un amor tan limpio y bello que huye constantemente y es sublime, o en los niños que sufren en mi cuadra. ¿Que dolor importa más? “nadie sabe lo que sufren los escritores, los demonios que llevan dentro, el ansia, el hambre de hacer lo que uno está llamado a hacer (la gente que se queja de eso debe ser castigada y silenciada), ser quien uno debe (castigada y silenciada), el dolor de lengua de los profetas,  la visceralidad del poeta, el hambre física y espiritual, lo que le duele parir un verso de verdad, como siente que se muere cada vez que escribe un poema bello”, “Nadie sabe como tenemos galerías de arte y niños con hambre, como se puede creer en la belleza absoluta cuando una madre borracha golpea a tu puerta y cuando abres te golpea en la cara. Por qué decimos que hay arte, ¿para qué sirve el arte aquí? ”, ¿cuál es el asco que debemos sentir? ¿Que es más importante? ¿Cuál es el extremo que más nos importa? Ambos extremos por supuesto, todo, porque esta condensado en un solo plano, el de la realidad. La próxima semana estoy invitada a comer frijoles dulces en casa de la abuela, solo espero que estén muy buenos, realmente buenos. 

jueves, 9 de mayo de 2013

Sensini - Roberto Bolaño


La forma en que se desarrolló mi amistad con Sensini sin duda se sale de lo corriente. En aquella época yo tenía veintitantos años y era más pobre que una rata. Vivía en las afueras de Girona, en una casa en ruinas que me habían dejado mi hermana y mi cuñado tras marcharse a México y acababa de perder un trabajo de vigilante nocturno en un camping de Barcelona, el cual había acentuado mi disposición a no dormir durante las noches. Casi no tenía amigos y lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jetlag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad. Vivía con lo que había ahorrado durante el verano y aunque apenas gastaba, mis ahorros iban menguando al paso del otoño. Tal vez eso fue lo que me impulsó a participar en el Concurso Nacional de Literatura de Alcoy, abierto a escritores de lengua castellana, cualquiera que fuera su nacionalidad y lugar de residencia. EI premio estaba dividido en tres modalidades: poesía, cuento y ensayo. Primero pensé en presentarme en poesía, pero enviar a luchar con los leones (o con las hienas) aquello que era lo que mejor hacía me pareció indecoroso. Después pensé en presentarme en ensayo, pero cuando me enviaron las bases descubrí que éste debía versar sobre Alcoy, sus alrededores, su historia, sus hombres ilustres, su proyección en el futuro y eso me excedía. Decidí, pues, presentarme en cuento y envié por triplicado el mejor que tenía (no tenía muchos) y me senté a esperar. 

      Cuando el premio se falló trabajaba de vendedor ambulante en una feria de artesanía en donde absolutamente nadie vendía artesanías. Obtuve el tercer accésit y diez mil pesetas que el Ayuntamiento de Alcoy me pagó religiosamente. Poco después me llegó el libro, en el que no escaseaban las erratas, con el ganador y los seis finalistas. Por supuesto, mi cuento era mejor que el que se había llevado el premio gordo, lo que me llevó a maldecir al jurado y a decirme que, en fin, eso siempre pasa. Pero lo que realmente me sorprendió fue encontrar en el mismo libro a Luis Antonio Sensini, el escritor argentino, segundo accésit, con un cuento en donde el narrador se iba al campo y allí  se Le moría su hijo o con un cuento en donde el narrador se iba al campo porque en la ciudad se Le había muerto su hijo, no quedaba nada claro, lo cierto es que en el campo, un campo plano y más bien yermo, el hijo del narrador se seguía muriendo, en fin, el cuento era claustrofóbico, muy al estilo de Sensini, de los grandes espacios geográficos de Sensini que de pronto se achicaban hasta tener el tamaño de un ataúd, y superior al ganador y al primer accésit y también superior al tercer accésit y al cuarto, quinto y sexto.

      No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos críticos, sobre todo españoles, la habían despachado diciendo que se trataba de una especie de Kafka colonial, pero poco a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, Ugarte tenía repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos gratuitos entre sí. Sensini, por descontado, tenía otros libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Comzar, Bioy, Sábato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera auguraron lo que vendría a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos.
 
      A mí me gustaban. En una época lejana de mi vida había leído las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecían las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerías de viejo del D.F., antologías piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarían en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecía al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegría. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagadora de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo quería.
 
      Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de Ugarte, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estaban bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini), de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ánimo suficiente) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, «un cuento de primer orden», decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se «avizoraban en el horizonte», encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Ecija, de 25.000 y 30.000 pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. «Valor y a trabajar», decía.
 
      Recuerdo que pensé: qué extraña carta; recuerdo que releí algunas capítulos de Ugarte, por esos días aparecieron en la plaza de los cines de Girona los vendedores ambulantes de libros, gente que montaba sus tenderetes alrededor de la plaza y que ofrecía mayormente stocks invendibles, los saldos de las editoriales que no hacía mucho habían quebrado, libros de la Segunda Guerra Mundial, novelas de amor y de vaqueros, colecciones de postales. En uno de los tenderetes encontré un libro de cuentos de Sensini y lo compré. Estaba como nuevo -de hecho era un libro nuevo, de aquellos que las editoriales venden rebajados a los únicos que mueven este material, los ambulantes, cuando ya ninguna librería, ningún distribuidor quiere meter las manos en ese fuego- y aquella semana fue una semana Sensini en todos los sentidos. A veces releía por centésima vez su carta, otras veces hojeaba Ugarte, y cuando quería acción, novedad, leía sus cuentos. Estos, aunque trataban sobre una gama variada de temas y situaciones, generalmente se desarrollaban en el campo, en la pampa, y eran lo que al menos antiguamente se llamaban historias de hombres a caballo. Es decir historias de gente armada, desafortunada, solitaria o con un peculiar sentido de la sociabilidad. Todo lo que en Ugarte era frialdad, un pulso preciso de neurocirujano, en el libro de cuentos era calidez, paisajes que se alejaban del lector muy lentamente (y que a veces se alejaban con el lector), personajes valientes y a la deriva.

      En el concurso de Plasencia no alcancé a participar, pero en el de Ecija sí. Apenas hube puesto los ejemplares de mi cuento (seudónimo: Aloysius Acker) en el correo, comprendí que si me quedaba esperando el resultado las cosas no podían sino empeorar. Así que decidí buscar otros concursos y de paso cumplir con el pedido de Sensini. Los días siguientes, cuando bajaba a Girona, los dediqué a trajinar periódicos atrasados en busca de información: en algunos ocupaban una columna junto a ecos de sociedad, en otros aparecían entre sucesos y deportes, el más serio de todos los situaba a mitad de camino del informe del tiempo y las notas necrológicas, ninguno, claro, en las páginas culturales. Descubrí, asimismo, una revista de la Generalitat que entre becas, intercambios, avisos de trabajo, cursos de posgrado, insertaba anuncios de concursos literarios, la mayoría de ámbito catalán y en lengua catalana, pero no todos. Pronto tuve tres concursos en ciernes en los que Sensini y yo podíamos participar y Le escribí una carta.

      Como siempre, la respuesta me llegó a vuelta de correo. La carta de Sensini era breve. Contestaba algunas de mis preguntas, la mayoría de ellas relativas a su libro de cuentos recién comprado, y adjuntaba a su vez las fotocopias de las bases de otros tres concursos de cuento, uno de ellos auspiciado por los Ferrocarriles del Estado, premio gordo y diez finalistas a 50.000 pesetas por barba, decía textualmente, el que no se presenta no gana, que por la intención no quede. Le contesté diciéndole que no tenía tantos cuentos como para cubrir los seis concursos en marcha, pero sobre todo intenté tocar otros temas, la carta se me fue de la mano, le hablé de viajes, amores perdidos, Walsh, Conti, Francisco Urondo, le pregunté por Gelman al que sin duda conocía, terminé contándole mi historia por capítulos, siempre que hablo con argentinos terminó enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos.

      La respuesta de Sensini fue puntual y extensa, al menos en lo tocante a la producción y los concursos. En un folio escrito a un solo espacio y por ambas caras exponía una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. Le hablo por experiencia, decía. La carta comenzaba por santificarlos (nunca supe si en serio o en broma); fuente de ingresos que ayudaban al diario sustento. Al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro, decía «esa buena gente que cree en la literatura», o «esos lectores puros y un poco forzados». No se haga en cambio ninguna ilusión con respecto a la información de la «buena gente», los lectores que previsiblemente (o no tan previsiblemente) consumirían aquellos libros invisibles. Insistía en que participara en el mayor número posible de premios, aunque sugería que como medida de precaución les cambiara el título a los cuentos si con uno solo, por ejemplo, acudía a tres concursos cuyos fallos coincidían por las mismas fechas. Exponía como ejemplo de esto su relato “Al amanecer”, relato que yo no conocía, y que él había enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, Al amanecer fue como Al amanecer, en el segundo concurso se presentó como Los gauchos, en el tercer concurso su titulo era En la otra pampa, y en el último se llamaba Sin remordimientos. Ganó en el segundo y en el último, y con la plata obtenida en ambos premios pudo pagar un mes y medio de alquiler, en Madrid los precios estaban por las nubes. Por supuesto, nadie se enteró de que Los gauchos y Sin remordimientos eran el mismo cuento con el título cambiado, aunque siempre existía el riesgo de coincidir en más de una lista con un mismo jurado, oficio singular que en España ejercían de forma contumaz una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en anteriores fiestas. El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo, decía. Y añadía que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituía de hecho un peligro, pues estos generalmente no leían las obras presentadas o las leían por encima o las leían a medias. Y a mayor abundamiento, decía, quién sabe si Los gauchos y Sin remordimientos no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el título. Parecidos, incluso muy parecidos, pero distintos. La carta concluía enfatizando que lo ideal sería hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tenía, pero que la realidad era la realidad, y uno tenía que ganarse los porotos (no sé si en Argentina llaman porotos a las judías, en Chile sí) y que por ahora la salida era esa. Es como pasear por la geografía española, decía. Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí por segunda o tercera vez comprendí que era como si me dijera: ¿cuántos años tenes vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tenía veintiocho, tres más que él. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, si la energía, una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria. 

      No me dediqué, como me sugería Sensini, a los concursos de cuentos, aunque si participé en los últimos que entre él y yo habíamos descubierto. No gané en ninguno, Sensini volvió a hacer doblete en Don Benito y en Ecija, con un relato que originalmente se titulaba Los sables y que en Ecija se llamó Dos espadas y en Don Benito El tajo más profundo. Y ganó un accésit en el premio de los ferrocarriles, lo que le proporcionó no solo dinero sino también un billete franco para viajar durante un año por la red de la Renfe.

      Con el tiempo fui sabiendo más cosas de él. Vivía en un piso de Madrid con su mujer y su única hija, de diecisiete años, llamada Miranda. Otro hijo, de su primer matrimonio, andaba perdido por Latinoamérica o eso quería creer. Se llamaba Gregorio, tenía treinta y cinco años, era periodista. A veces Sensini me contaba de sus diligencias en organismos humanitarios o vinculados a los departamentos de derechos humanos de la Unión Europea para averiguar el paradero de Gregorio. En esas ocasiones las cartas solían ser pesadas, monótonas, como si mediante la descripción del laberinto burocrático Sensini exorcizara a sus propios fantasmas. Dejé de vivir con Gregorio, me dijo en una ocasión, cuando el pibe tenía cinco años. No añadía nada más, pero yo vi a Gregorio de cinco años y vi a Sensini escribiendo en la redacción de un periódico y todo era irremediable. También me pregunté por el nombre y no sé por qué llegué a la conclusión de que había sido una suerte de homenaje inconsciente a Gregorio Sansa. Esto último, por supuesto, nunca se lo dije. Cuando hablaba de Miranda, por el contrario, Sensini se ponía alegre. Miranda era joven, tenía ganas de comerse el mundo, una curiosidad insaciable, y además, decía, era linda y buena. Se parece a Gregorio, decía, solo que Miranda es mujer (obviamente) y no tuvo que pasar por lo que pasó mi hijo mayor.

      Poco a poco las cartas de Sensini se fueron haciendo más largas. Vivía en un barrio desangelado de Madrid, en un piso de dos habitaciones más sala comedor, cocina y baño. Saber que yo disponía de más espacio que él me pareció sorprendente y después injusto. Sensini escribía en el comedor, de noche, «cuando la señora y la nena ya están dormidas», y abusaba del tabaco. Sus ingresos provenían de unos vagos trabajos editoriales (creo que corregía traducciones) y de los cuentos que salían a pelear a provincias. De vez en cuando le llegaba algún cheque por alguno de sus numerosos libros publicados, pero la mayoría de las editoriales se hacían las olvidadizas o habían quebrado. EI título que seguía produciendo dinero era Ugarte, cuyos derechos tenía una editorial de Barcelona. Vivía, no tardé en comprenderlo, en la pobreza, no una pobreza absoluta sino una de clase media baja, de clase media desafortunada y decente. Su mujer (que ostentaba el curioso nombre de Carmela Zajdman) trabajaba ocasionalmente en labores editoriales y dando clases particulares de inglés, francés y hebreo, aunque en más de una ocasión se había visto abocada a realizar faenas de limpieza. La hija solo se dedicaba a los estudios y su ingreso en la universidad era inminente. En una de mis cartas le pregunté a Sensini si Miranda también se iba a dedicar a la literatura. En su respuesta decía: no, por Dios, la nena estudiará medicina. 

      Una noche le escribí pidiéndole una foto de su familia. Sólo después de dejar la carta en el correo me di cuenta de que lo que quería era conocer a Miranda. Una semana después me llegó una fotografía tomada seguramente en el Retiro en donde se veía a un viejo y a una mujer de mediana edad junto a una adolescente de pelo liso, delgada y alta, con los pechos muy grandes. EI viejo sonreía feliz, la mujer de mediana edad miraba el rostro de su hija, como si le dijera algo, y Miranda contemplaba al fotógrafo con una seriedad que me resultó conmovedora e inquietante. Junto a la foto me envió la fotocopia de otra foto. En esta aparecía un tipo más o menos de mi edad, de rasgos acentuados, los labios muy delgados, los pómulos pronunciados, la frente amplia, sin duda un tipo alto y fuerte que miraba a la cámara (era una foto de estudio) con seguridad y acaso con algo de impaciencia. Era Gregorio Sensini, antes de desaparecer, a los veintidós años, es decir bastante más joven de lo que yo era entonces, pero con un aire de madurez que lo hacía parecer mayor. 

      Durante mucho tiempo la foto y la fotocopia estuvieron en mi mesa de trabajo. A veces me pasaba mucho rato contemplándolas, otras veces me las levaba al dormitorio y las miraba hasta caerme dormido. En su carta Sensini me había pedido que yo también les enviara una foto mía. No tenía ninguna reciente y decidí hacerme una en el fotomatón de la estación, en esos años el único fotomatón de toda Girona. Pero las fotos que me hice no me gustaron. Me encontraba feo, flaco, con el pelo mal cortado. Así que cada día iba postergando el envío de mi foto y cada día iba gastando más dinero en el fotomatón. Finalmente cogí una al azar, la metí en un sobre junto con una postal y se la envié. 

      La respuesta tardó en llegar. En el ínterin recuerdo que escribí un poema muy largo, muy malo, lleno de voces y de rostros que parecían distintos pero que sólo eran uno, el rostro de Miranda Sensini, y que cuando yo por fin podía reconocerlo, nombrarlo, decirle Miranda, soy yo, el amigo epistolar de tu padre, ella se daba media vuelta y echaba a correr en busca de su hermano, Gregorio Sansa, en busca de los ojos de Gregorio Sansa que brillaban al fondo de un corredor en tinieblas donde se movían imperceptiblemente los bultos oscuros del terror latinoamericano. La respuesta fue larga y cordial. Decía que Carmela y él me encontraron muy simpático, tal como me imaginaban, un poco flaco, tal vez, pero con buena pinta y que también les había gustado la postal de la catedral de Girona que esperaban ver personalmente dentro de poco, apenas se hallaran más desahogados de algunas contingencias económicas y domésticas. En la carta se daba por entendido que no solo pasarían a verme sino que se alojarían en mi casa. De paso me ofrecían la suya para cuando yo quisiera ir a Madrid. La casa es pobre, pero tampoco es limpia, decía Sensini imitando a un famoso gaucho de tira cómica que fue muy famoso en el Cono Sur a principios de los setenta. De sus tareas literarias no decía nada. Tampoco hablaba de los concursos. 

      Al principio pensé en mandarle a Miranda mi poema, pero después de muchas dudas y vacilaciones decidí no hacerlo. Me estoy volviendo loco, pensé, si Le mando esto a Miranda se acabaron las cartas de Sensini y además con toda la razón del mundo. Así que no se lo mandé. Durante un tiempo me dediqué a rastrearle bases de concursos. En una carta Sensini me decía que temía que la cuerda se le estuviera acabando. Interpreté sus palabras erróneamente, en el sentido de que ya no tenía suficientes certámenes literarios adonde enviar sus relatos. 

      Insistí en que viajaran a Girona. Les dije que Carmela y el tenían mi casa a su disposición, incluso durante unos días me obligué a limpiar, barrer, fregar y sacarle el polvo a las habitaciones en la seguridad (totalmente infundada) de que ellos y Miranda estaban al caer. Argüí que con el billete abierto de la Renfe en realidad solo tendrían que comprar dos pasajes, uno para Carmela y otro para Miranda, y que Cataluña tenía cosas maravillosas que ofrecer al viajero. Hablé de Barcelona, de Olot, de la Costa Brava, de los días felices que sin duda pasaríamos juntos. En una larga carta de respuesta, en donde me daba las gracias por mi invitación, Sensini me informaba que por ahora no podían moverse de Madrid. La carta, por primera vez, era confusa, aunque a eso de la mitad se ponía a hablar de los premios (creo que se había ganado otro) y me daba ánimos para no desfallecer y seguir participando. En esta parte de la carta hablaba también del oficio de escritor, de la profesión, y yo tuve la impresión de que las palabras que vertía eran en parte para mí y en parte un recordatorio que se hacía a sí mismo. EI resto, como ya digo, era confuso. AI terminar de leer tuve la impresión de que alguien de su familia no estaba bien de salud. 

      Dos o tres meses después me llegó la noticia de que probablemente habían encontrado el cadáver de Gregorio en un cementerio clandestino. En su carta Sensini era parco en expresiones de dolor, sólo me decía que tal día, a tal hora, un grupo de forenses, miembros de organizaciones de derechos humanos, una fosa común con más de cincuenta cadáveres de jóvenes, etc. Por primera vez no tuve ganas de escribirle. Me hubiera gustado llamarlo por teléfono, pero creo que nunca tuvo teléfono y si lo tuvo yo ignoraba su número. Mi contestación fue escueta. Le dije que lo sentía, aventuré la posibilidad de que tal vez el cadáver de Gregorio no fuera el cadáver de Gregorio. 

      Luego llegó el verano y me puse a trabajar en un hotel de la costa. En Madrid ese verano fue pródigo en conferencias, cursos, actividades culturales de toda índole, pero en ninguna de ellas participó Sensini y si participó en alguna el periódico que yo leía no lo reseñó. 

      A finales de agosto le envié una tarjeta. Le decía que posiblemente cuando acabara la temporada fuera a hacerle una visita. Nada más. Cuando volví a Girona, a mediados de septiembre, entre la poca correspondencia acumulada bajo la puerta encontré una carta de Sensini con fecha 7 de agosto. Era una carta de despedida. Decía que volvía a la Argentina, que con la democracia ya nadie Le iba a hacer nada y que por tanto era ocioso permanecer más tiempo fuera. Además, si quería saber a ciencia cierta el destino final de Gregorio no había más remedio que volver. Carmela, por supuesto, regresa conmigo, anunciaba, pero Miranda se queda. Le escribí de inmediato, a la misma dirección que tenía, pero no recibí respuesta.

      Poco a poco me fui haciendo a la idea de que Sensini había vuelto para siempre a la Argentina y que si no me escribía el desde allí ya podía dar por acabada nuestra relación epistolar. Durante mucho tiempo estuve esperando su carta o eso creo ahora, al recordarlo. La carta de Sensini, por supuesto, no llegó nunca. La vida en Buenos Aires, me consolé, debía de ser rápida, explosiva, sin tiempo para nada, solo para respirar y parpadear. Volví a escribirle a la dirección que tenía de Madrid, con la esperanza de que Le hicieran llegar la carta a Miranda, pero al cabo de un mes el correo me la devolvió por ausencia del destinatario. Así que desistí y dejé que pasaran los días y fui olvidando a Sensini, aunque cuando iba a Barcelona, muy de tanto en tanto, a veces me metía tardes enteras en librerías de viejo y buscaba sus libros, los libros que yo conocía de nombre y que nunca iba a leer. Pero en las librerías solo encontré viejos ejemplares de Ugarte y de su libro de cuentos publicado en Barcelona y cuya editorial había hecho suspensión de pagos, casi como una señal dirigida a Sensini, dirigida a mí. 

      Uno o dos años después supe que había muerto. No sé en qué periódico leí la noticia. Tal vez no la leí en ninguna parte, tal vez me la contaron, pero no recuerdo haber hablado por aquellas fechas con gente que lo conociera, por lo que probablemente debo de haber leído en alguna parte la noticia de su muerte. Esta era escueta: el escritor argentino Luis Antonio Sensini, exiliado durante algunos años en España, había muerto en Buenos Aires. Creo que también, al final, mencionaban Ugarte. No sé por qué, la noticia no me impresionó. No sé por qué, el que Sensini volviera a Buenos Aires a morir me pareció lógico.

      Tiempo después, cuando la foto de Sensini, Carmela y Miranda y la fotocopia de la foto de Gregorio reposaban junto con mis demás recuerdos en una caja de cartón que por algún motivo que prefiero no indagar aún no he quemado, llamaron a la puerta de mi casa. Debían de ser las doce de la noche, pero yo estaba despierto. La llamada, sin embargo, me sobresaltó. Ninguna de las pocas personas que conocía en Girona hubieran ido a mi casa a no ser que ocurriera algo fuera de lo normal. Al abrir me encontré a una mujer de pelo largo debajo de un gran abrigo negro. Era Miranda Sensini, aunque los años transcurridos desde que su padre me envió la foto no habían pasado en vano. Junto a ella estaba un tipo rubio, alto, de pelo largo y nariz ganchuda. Soy Miranda Sensini, me dijo con una sonrisa. Ya lo sé, dije yo y los invité a pasar. Iban de viaje a Italia y luego pensaban cruzar el Adriático rumbo a Grecia. Como no tenían mucho dinero viajaban haciendo autostop. Aquella noche durmieron en mi casa. Les hice algo de cenar. EI tipo se llamaba Sebastián Cohen y también había nacido en Argentina, pero desde muy joven vivía en Madrid. Me ayudó a preparar la cena mientras Miranda inspeccionaba la casa. ¿Hace mucho que la conoces?, preguntó. Hasta hace un momento solo la había visto en foto, Le contesté.

      Después de cenar les preparé una habitación y les dije que se podían ir a la cama cuando quisieran. Yo también pensé en meterme a mi cuarto y dormirme, pero comprendí que aquello iba a resultar difícil, sino imposible, así que cuando supuse que ya estaban dormidos bajé a la primera planta y puse la tele, con el volumen muy bajo, y me puse a pensar en Sensini. 

      Poco después sentí pasos en la escalera. Era Miranda. Ella tampoco podía quedarse dormida. Se sentó a mi lado y me pidió un cigarrillo. AI principio hablamos de su viaje, de Girona (llevaban todo el día en la ciudad, no Le pregunté por qué habían llegado tan tarde a mi casa), de las ciudades que pensaban visitar en Italia. Después hablamos de su padre y de su hermano. Según Miranda, Sensini nunca se repuso de la muerte de Gregorio. Volvió para buscarlo, aunque todos sabíamos que estaba muerto. ¿Carmela también?, pregunté. Todos, dijo Miranda, menos él. Le pregunté cómo Le había ido en Argentina. Igual que aquí, dijo Miranda, igual que en Madrid, igual que en todas partes. Pero en Argentina lo querían, dije yo. Igual que aquí, dijo Miranda. Saqué una botella de coñac de la cocina y Le ofrecí un trago. Estás llorando, dijo Miranda. Cuando la mire ella desvió la mirada. ¿Estabas escribiendo?, dijo. No, miraba la tele. Quiero decir cuando Sebastián y yo llegamos, dijo Miranda, ¿estabas escribiendo? Sí, dije. ¿Relatos? No, poemas. Ah, dijo Miranda. Bebimos largo rato en silencio, contemplando las imágenes en blanco y negro del televisor. Dime una cosa, Le dije, ¿por qué Le puso tu padre Gregorio a Gregorio? Por Kafka, claro, dijo Miranda. ¿Por Gregorio Sansa? Claro, dijo Miranda. Ya, me lo suponía, dije yo. Después Miranda me contó a grandes trazos los últimos meses de Sensini en Buenos Aires. 

      Se había marchado de Madrid ya enfermo y contra la opinión de varios médicos argentinos que lo trataban gratis y que incluso Le habían conseguido un par de internamientos en hospitales de la Seguridad Social. El reencuentro con Buenos Aires fue doloroso y feliz. Desde la primera semana se puso a hacer gestiones para averiguar el paradero de Gregorio. Quiso volver a la universidad, pero entre trámites burocráticos y envidias y rencores de los que no faltan el acceso Le fue vedado y se tuvo que conformar con hacer traducciones para un par de editoriales. Carmela, por el contrario, consiguió trabajo como profesora y durante los últimos tiempos vivieron exclusivamente de lo que ella ganaba. Cada semana Sensini Le escribía a Miranda. Según ésta, su padre se daba cuenta de que Le quedaba poca vida e incluso en ocasiones parecía ansioso de apurar de una vez por todas las últimas reservas y enfrentarse a la muerte. En lo que respecta a Gregorio, ninguna noticia fue concluyente. Según algunos forenses, su cuerpo podía estar entre el montón de huesos exhumados de aquel cementerio clandestino, pero para mayor seguridad debía hacerse una prueba de ADN, pero el gobierno no tenía fondos o no tenía ganas de que se hiciera la prueba y esta se iba cada día retrasando un poco más. También se dedicó a buscar a una chica, una probable compañera que Goyo posiblemente tuvo en la clandestinidad, pero la chica tampoco apareció. Luego su salud se agravó y tuvo que ser hospitalizado. Ya ni siquiera escribía, dijo Miranda. Para él era muy importante escribir cada día, en cualquier condición. Sí, Le dije, creo que así era. Después Le pregunté si en Buenos Aires alcanzó a participar en algún concurso. Miranda me miró y se sonrió. Claro, tú eras el que participaba en los concursos con él, a ti te conoció en un concurso. Pensé que tenía mi dirección por la simple razón de que tenía todas las direcciones de su padre, pero que solo en ese momento me había reconocido. Yo soy el de los concursos, dije. Miranda se sirvió más coñac y dijo que durante un año su padre había hablado bastante de mí. Noté que me miraba de otra manera. Debí importunarlo bastante, dije. Qué va, dijo ella, de importunarlo nada, Le encantaban tus cartas, siempre nos las leía a mi madre y a mí. Espero que fueran divertidas, dije sin demasiada convicción. Eran divertidísimas, dijo Miranda, mi madre incluso hasta os puso un nombre. ¿Un nombre?, ¿a quiénes? A mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así, los cazadores de cabelleras. Me imagino por qué, dije, aunque creo que el verdadero cazarrecompensas era tu padre, yo solo Le pasaba uno que otro dato. Sí, él era un profesional, dijo Miranda de pronto seria. ¿Cuántos premios llegó a ganar?, Le pregunté. Unos quince, dijo ella con aire ausente. ¿Y tú? Yo por el momento solo uno, dije. Un accésit en AIcoy, por el que conocí a tu padre. ¿Sabes que Borges Le escribió una vez una carta, a Madrid, en donde Le ponderaba uno de sus cuentos?, dijo ella mirando su coñac. No, no lo sabía, dije yo. Y Cortázar también escribió sobre él, y también Mujica Lainez. Es que él era un escritor muy bueno, dije yo. Joder, dijo Miranda y se levantó y salió al patio, como si yo hubiera dicho algo que la hubiera ofendido. Dejé pasar unos segundos, cogí la botella de coñac y la seguí. Miranda estaba acodada en la barda mirando las luces de Girona. Tienes una buena vista desde aquí, me dijo. Le Llené su vaso, me Llené el mío, y nos quedamos durante un rato mirando la ciudad iluminada por la luna. De pronto me di cuenta de que ya estábamos en paz, que por alguna razón misteriosa habíamos llegado juntos a estar en paz y que de ahí en adelante las cosas imperceptiblemente comenzarían a cambiar. Como si el mundo, de verdad, se moviera. Le pregunté qué edad tenía. Veintidós, dijo. Entonces yo debo tener más de treinta, dije, y hasta mi voz sonó extraña.