Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras,
las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas,
todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para
que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No
cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un
asunto más interesante que ningún otro.
Me parece formidable que haya también mujeres a las que les guste
seducir, que sepan seducir, y otras que sepan casarse, que haya mujeres que
huelan a sexo y otras a la merienda de los niños que salen del colegio.
Formidable que las haya muy dulces, otras contentas en su feminidad, que las
haya jóvenes, muy guapas, otras coquetas y radiantes. Francamente, me alegro
por todas a las que les convienen las cosas tal y como son. Lo digo sin la
menor ironía. Simplemente, yo no formo parte de ellas. Seguramente yo no
escribiría lo que escribo si fuera guapa, tan guapa como para cambiar la actitud
de todos los hombres con los que me cruzo. Yo hablo como proletaria de la
feminidad: desde aquí hablé hasta ahora y desde aquí vuelvo a empezar hoy.
Cuando estaba en el paro no sentía vergüenza alguna de ser una paria, sólo
rabia. Siento lo mismo como mujer: no siento ninguna vergüenza de no ser una
tía buena. Sin embargo, como chica por la que los hombres se interesan poco
estoy rabiosa, mientras todos me explican que ni siquiera debería estar ahí.
Pero siempre hemos existido. Aunque nunca se habla de nosotras en las novelas
de hombres, que sólo imaginan mujeres con las que querrían acostarse. Siempre
hemos existido, pero nunca hemos hablado. Incluso hoy que las mujeres publican
muchas novelas, raramente encontramos personajes femeninos cuyo aspecto físico
sea desagradable o mediocre, incapaces de amar a los hombres o de ser amadas.
Por el contrario, a las heroínas de la literatura contemporánea les gustan los
hombres, los encuentran fácilmente, se acuestan con ellos en dos capítulos, se
corren en cuatro líneas y a todas les gusta el sexo. La figura de la pringada
de la feminidad me resulta más que simpática: es esencial. Del mismo modo que
la figura del perdedor social, económico o político. Prefiero los que no
consiguen lo que quieren, por la buena y simple razón de que yo misma tampoco
lo logro. Y porque, en general, el humor y la invención están de nuestro lado.
Cuando no se tiene lo que hay que tener para chulearse, se es a menudo más
creativo. Yo, como chica, soy más bien King Kong que Kate Moss. Yo soy ese tipo
de mujer con la que no se casan, con la que no tienen hijos, hablo de mi lugar
como mujer siempre excesiva, demasiado agresiva, demasiado ruidosa, demasiado
gorda, demasiado brutal, demasiado hirsuta, demasiado viril, me dicen. Son, sin
embargo, mis cualidades viriles las que hacen de mí algo distinto de un caso
social entre otros. Todo lo que me gusta de mi vida, todo lo que me ha salvado,
lo debo a mi virilidad. Así que escribo aquí como mujer incapaz de llamar la
atención masculina, de satisfacer el deseo masculino y de contentarme con un
lugar en la sombra. Escribo desde aquí, como mujer poco seductora pero
ambiciosa, atraída por el dinero que gano yo misma, atraída por el poder de
hacer y de rechazar, atraída por la ciudad más que por el interior, siempre
excitada por las experiencias e incapaz de contentarme con la narración que
otros me harán de ellas. No me interesa ponérsela dura a hombres que no me
hacen soñar. Nunca me ha parecido evidente que las chicas seductoras se lo
pasen tan bien. Siempre me he sentido fea, pero tanto mejor porque esto me ha
servido para librarme de una vida de mierda junto a tíos amables que nunca me
habrían llevado más allá de la puerta de mi casa. Me alegro de lo que soy, de
cómo soy, más deseante que deseable. Escribo desde aquí, desde las invendibles,
las torcidas, las que llevan la cabeza rapada, las que no saben vestirse, las
que tienen miedo de oler mal, las que tienen los dientes podridos, las que no
saben cómo montárselo, ésas a las que los hombres no les hacen regalos, ésas
que follarían con cualquiera que quisiera hacérselo con ellas, las más zorras,
las putitas, las mujeres que siempre tienen el coño seco, las que tienen tripa,
las que querrían ser hombres, las que se creen hombres, las que sueñan con ser
actrices porno, a las que les dan igual los hombres pero a las que sus amigas
interesan, las que tienen el culo gordo, las que tienen vello duro y negro que
no se depilan, las mujeres brutales, ruidosas, las que lo rompen todo cuando
pasan, a las que no les gustan las perfumerías, las que llevan los labios
demasiado rojos, las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse
como perritas calentonas pero que se mueren de ganas, las que quieren vestirse
como hombres y llevar barba por la calle, las que quieren enseñarlo todo, las
que son púdicas porque están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las
que se encierra para poder domesticarlas, las que dan miedo, las que dan pena,
las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas,
las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz
pero que no tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que no
tienen a nadie que las proteja excepto ellas mismas, las que no saben proteger,
esas a las que sus hijos les dan igual, esas a las que les gusta beber en los
bares hasta caerse al suelo, las que no saben guardar las apariencias; pero
también escribo para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los que
querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran
con facilidad, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen
grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos,
vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que
son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas
de que les den por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los
que tienen miedo por la noche cuando están solos.
(...)
Tengo un coño pegado en la cara. No me había confrontado todavía con el
mundo de los adultos, y menos un con el de los adultos normales, así que a
principio me sorprendo de cuantos saben distinguir entre lo que debe hacer y no
debe hacer una chica en la ciudad.
Cuando te vuelves una chica pública, te dan palos por todos lados,
de una manera muy particular, pero no hay que quejarse porque está mal visto.
Hay que tener buen humor, tomárselo con distancia y tener un buen par de
cojones para aguantarlo. Todas esas discusiones para saber si yo tenía o no
derecho a decir lo que decía, una mujer, mi sexo, mi cuerpo. En todos los artículos,
más bien de forma amable, por cierto. No, no se describe a un autor como se
describe a una mujer. Nadie cree necesario decir que Houellebecq es guapo. De
ser una mujer, y si a u nuero igual de hombres les hubieran gustado sus libros,
habría escrito sobre él que era guapa. O fea. Pero habríamos sabido lo que
piensan sobre el tema. Y habrían intentado, en nueve de cada diez artículos,
cantarle las cuarenta y explicarle, en detalle, por qué este hombre era tan
desgraciado sexualmente. Le habrían dicho que era culpa suya, que no hacia las
cosas correctamente, que no podía quejarse de nada. Y de paso se hubieran reído
de él: ¿pero has visto la cara que tienes? habrían sido extraordinariamente
violentos con él si, como mujer hubiera dicho sobre el sexo y el amor con los
hombres lo que él dice sobre el sexo y el amor con las mujeres. Con el mismo
talento no hubiera habido el mismo trato. No querer a las mujeres, cuando se es
hombre es una actitud. No querer a los hombres, cuando se es mujer, es una patología.
(...)
Solo me comparan con otras mujeres. Marie Darieussecq, Amelie Nothomb,
Lorente Nobecourt, poco importa, con tal de que tengamos la misma edad. Y
sobre todo, que seamos del mismo sexo. Como mujer, me toca tomarme una ración doble
de condescendencia, vejaciones suplementarias y llamadas al orden. Mis
amistades. Mis salidas. Mis gastos. Dónde vivo. Bajo vigilancia. De todo tipo. Una
chica.
(...)
La feminidad: puta hipocresía. El arte de ser servil. Podemos llamarlo seducción
y hacer de ello un asunto de glamour. Pero en pocos casos se trata de un
deporte de alto nivel. En general, se trata simplemente de acostumbrarse a
comportarse como alguien inferir. Entrar en una habitación, mirar a ver si hay
hombres, querer gustarles. No hablar demasiado alto. No expresarse en un tono
demasiado categórico. No sentarse con las piernas abiertas, no expresarse en un
tono autoritario. No hablar de dinero. No querer tomar el poder. No querer
ocupar un puesto de autoridad. No buscar el prestigio. No reírse demasiado
fuerte. No ser demasiado graciosa. Gustar a los hombres es un arte complicado,
que exige que borremos todo aquello que tiene que ver con el dominio de la
potencia. (...) Estar acomplejada, he aquí algo femenino. Eclipsada. Escuchar
bien lo que te dicen. No brillar por tu inteligencia. Tener la cultura justa como
para poder entender lo que unos guaperas tiene que contarte. Charlar es
femenino. Todo lo que no deja huella. Todo lo domestico se vuelve a hacer cada día,
no lleva nombre. Ni los grandes discursos, ni los grandes libros, ni las
grandes cosas. Las cosas pequeñas. Las monadas. Femeninas. Pero beber: viril. Tener
amigos: viril. Hacer el payaso: viril. Ganar mucha pasta: viril. Tener un coche
enorme: viril. Andar como te dé la gana: viril. Querer follar con mucha gente:
viril. Responder con brutalidad a algo que te amenaza: viril. No perder el
tiempo en arreglarse por las mañanas: viril. Llevar ropa práctica: viril. Todas
las cosas divertidas son viriles, todo lo que hace que ganes terreno es viril. Eso
no ha cambiado tanto en cuarenta años. El único avance significativo es que
ahora nosotras podemos mantenerles.
No digo que ser una mujer sea en sí mismo una obligación horrible. Las
hay que lo hacen muy bien. Lo que resulta degradante es el hecho de que sea una obligación.
Evidentemente, las grandes seductoras son, cuando se trata de divinidades
locales, las reinas del mambo. Hacer patinaje artístico es también muy bonito.
Y, sin embargo, no nos exigen a todas que seamos patinadoras. Montar a caballo también
tiene su punto. Y, sin embargo no te dan una silla y un caballo nada más nacer.
(...)
Claro que es penoso ser mujer. Miedos, obligaciones, imperativos de
silencio, llamadas a un orden que es el mismo desde hace tiempo, festiva de
limitaciones imbéciles y estériles.
(...)
Al final, no somos nosotras las que
tenemos más miedo, ni las que estamos más desarmadas, ni a las que les pone más
trabas, el sexo del aguante, de la valentía, de la resistencia, siempre ha sido
el nuestro. De todos modos, tampoco hemos tenido elección.
El verdadero coraje. Confrontarse con lo nuevo. Posible. Mejor. ¿Fracaso
en el trabajo? ¿Fracaso en la familia? buenas noticias. Puesto que cuestiona,
inmediatamente, la virilidad. Otra buena noticia, de estas tonterías, ya hemos
tenido bastante.
Quiero acercarme a alguien cuyo peso se agite con fuerza en medio de la luz.
Un ser largo, hermoso e inconsistente, con unas piernas tan delgadas como la vida misma,
alguien que al final se acerca a mi cara y pone ese gesto de niño Saint Laurent Spring Summer 2015 y yo me lo tomo muy en serio. A veces pienso que nunca volví de aquel viaje sabes, me quede para siempre viendo hacia las montañas mientras la lluvia se acercaba y corríamos por la carretera, nunca regresé, siempre prendí el fuego de nuevo como si siguiera sentada sobre aquella roca y no pudiera hacer nada al respecto.
Si pudiera recordar de manera permanente el modo en el que creí que sería importante para mí observar las cosas, memorizarlas, tocar el borde de la estructura y sentir que era indispensable, que iba a necesitarlo, que iba a tener que hablar de ello en algún momento crucial de mi vida. Si pudiera recordar eso nada cambiaría.
Todo es violento, desesperado y brillante al mismo tiempo. Si veo otro adolescente con la cara desencajada mirando fijamente a una luz que parpadea y se repite, lo más probable es que tenga un incontrolable acceso de risa y luego me ponga a llorar profundamente como cuando era una niña, haciendo aquel ruido y ahogándome. La gente suele recurrir a su infancia para justificar lo que ocurre, un lugar conocido es un lugar del que puedes rescatar cosas, durante las primeras horas de vida los niños carecen del reflejo de parpadeo, simplemente no lo tienen. Adquieres pequeños regalos biológicos, si alguien se acerca tocándote la mejilla giraras en su dirección, y abrirás la boca esperando obtener un poco de cualquier cosa, lo que sea. Toca mi mejilla y girare la cara como un recién nacido y pediré que me des todo lo que tengas, y tratare de sobrevivir con eso.
Veo pasar un camión blanco por un puente elevado. Estamos solas en la carretera bajo el puente, no hay edificios ahí. Estamos fuera de la ciudad frente a un sitio enorme y medio vacío. Hay que entrar, habrán hamburguesas al doble de su precio, vodka caro, y cervezas, pero eso no lo sabemos mientras estamos afuera. Afuera solo se sabe que hace frío y todo puede o no estar bien. Recuerdo la placa apocalíptica de una motocicleta, cuando entramos oigo en mi cabeza la canción que debimos haber estado coreando esa misma semana en un concierto al que hubiéramos ido de no ser porque el vocalista de la banda que queríamos ver tuvo un bajón. Demasiado triste para moverse del otro lado del continente, un chico cansado, muchos chicos cansados. Doused. El suelo de la entrada es empedrado, toda la gente que esta allí consumirá tanto esta noche que a nadie le interesa si sus boletos son reales o no. Todo es distinto. Act like it stops and starts, a gesture here and there for me is one thing, but I felt it every time you blew it.
No tengo claros los puntos cardinales. Las personas moviéndose, el camión atravesando el puente, la imagen es tan real, es decir cualquier día puede un camión atravesar una carretera en medio de la noche, otra vez igual que ahora, igual que siempre. Pasa tan seguido que si miras fijamente el auto en medio de la noche sientes que puede ser algo único, estar vivo lo vale, es un testimonio, una voz delgada como una sábana blanca sobre tu cabeza, un misterio latente, la vida de otros ocurriendo al mismo tiempo que la tuya, el camión pasando y todos los chicos de ropa brillante recostados junto a aquella reja negra, fumando sus eCig de insoportable olor a menta, presionando la lengua contra el paladar y apretando los dientes más de lo necesario cada vez que se ríen.
Nunca volví, sigo corriendo por la carretera porque siento que nada de esto es real, pero siempre existe un enorme consuelo en el movimiento. Suelo abrir la boca para respirar mientras que dejo de llorar, como en las películas, ¿por qué pienso que eso pasa en las películas? nada es real en las películas, es importante enterarse de ello, resulta beneficioso para fines prácticos, respiro por la boca y mi cara parece angustiarse, con los años aprendí a respirar desde el diafragma para no hiperventilar. Moveré de manera compulsiva mi pie para tratar de mantenerme aquí todo el tiempo que me sea necesario hacerlo, el movimiento de aquel pie me ata a la realidad.
Veo la tele pero no entiendo nada de lo que pasan en la tele. Hay algo distinto en mí, hay algo distinto en el año en el que nací, algo de lo que no hablamos, la música sintética me conmueve, me conmueve en serio. Un montón de frases inconexas me parecen sentimentales, dame una luz epiléptica y sentiré que estoy en un lugar seguro, las yemas de los dedos son suaves y ágiles, sabemos que las teorías caen, es el orden natural de las cosas, unos conceptos son reemplazados por otros. Muéstrame una imagen en la que se repita en menos de un segundo el movimiento del mar, voy a pensar que es hermoso y a sentir que estoy cerca de algo que me pertenece. La configuración es distinta. El amanecer casi nunca me conmueve, pero el frió a las 6:00 am siempre hace que crea que he entendido algo. Crea un momento único para mí, adoro estar viva, no todo es incomprensión. Los sonidos genéricos son también el amor. Moverse en pie requiere un cierto esfuerzo, pero no el esfuerzo que creías. Todo es distinto ahora. Estábamos equivocados, lo estaremos siempre, ahora lo sabemos.
No estoy aquí para que elijas el signo de mi soledad.
No quiero que
me digas la forma en la que
debo bailar cuando estoy triste.
No necesito el recordatorio
de una cara que me mira de lejos y sonríe
como si estuviera tras un muro y en realidad
no pudiera verme.
Todo eso me es inútil.
No vine a sentarme aquí
con algún propósito extra.
No me quieres
Y es comprensible.
Siempre hay un choque dentro de todos.
He entendido un par de veces
el modo en el que todo se conecta
dentro de mí y en el mundo.
No quiero interrumpir esto.
Hoy cuando estaba sola en la parada del autobús
vi que las siluetas de los edificios
eran justo como debían.
El color negro estaba bien.
Y el cielo era justo como el cielo que debe haber
tras una silueta
que siempre es la correcta
aunque nadie diga nada.
Luego cuando llegué a mi vecindario
creí que los colores de las calles eran iguales
a los de un barrio chino con un mercadillo ruidoso.
Y puede que sea cierto.
No quiero tener que olvidar nunca
la forma de las cosas cercanas.
Si un pez me atraviesa
quiero ser cortada a la mitad para que pueda ser liberado.
Si un pez me atraviesa
quiero su boca muerta cerca de mí,
y un augurio de suerte
seguido de una idea brillante pero incomunicable.
Necesito ser una persona sensible.
Quiero que todo me quiebre.
No quiero que mi cerebro comience a morir
Quiero expandirme.
Quiero pensar con el hemisferio derecho
Quiero decir que lo que descubrí allí
parecía una idea tan importante
que necesitaba ser comunicada,
una idea simple como una pared,
una idea simple
como un cielo raso de madera pintado de blanco,
una idea simple como un patrón de acción,
una idea simple como alguien
que se sienta en una banca y mira al suelo.
Quiero llorar después de eso.
Quiero ser Jill Bolte Taylor.
La iluminación.
Posner.
El error.
quiero ser yo misma
extendida a lo largo de un campo azul de tenis.
En silencio.
No decir una sola palabra.
Puede
ser que me haya sentado a escribir esto porque:
Cuando
bajé por primera vez con un tanque de oxigeno hasta el fondo del mar, creí que
las burbujas lucían como medusas y entonces me olvide de respirar durante casi
dos minutos.
Porque
fui instruida en un evangelio que daba por sentado el hecho de que todos los
corazones estaban rotos y debían ser reparados. Porque la palabra es Dios, y su
verbo no puede ser conjugado. Porque la biblia me habla cada día de mi propia
soledad y yo la oigo en silencio y a veces lloro y otras veces pienso en
ángeles que no se parecen a nada que yo haya alucinado antes.
Porque
Roque Dalton un día escribió Poems in law
to lisa.
Porque
he visto el corazón de grandes chicos hundirse y apagarse con la idea de un
sueño cualquiera, sufriendo la doble desgracia de querer entristecerse tanto
como Sarah Kane y conseguirlo.
Porque
cuando Geof Gaylord asesinó a su amigo imaginario y se entrego a las
autoridades, no fue condenado a la pena de muerte, y lloró.
Porque
cuando tenía 4 años deje caer por las escaleras una botella de vidrio llena de
Katsup, y jamás me pude recuperar de aquella pérdida.
Porque
mi corazón se ha hundido y se ha apagado. Porque siempre he preferido bailar
sola.
Porque
el 9/11, cuando mis ojos vidriosos
estaban pegados a la televisión vi que un hombre se arrojaba desde el centésimo
piso de una torre sosteniendo una sábana con las manos. Porque mientras lo veía
yo estaba brincando en la cama con mi pequeña cara redirigida a la pantalla, y
en medio de mi distracción pise la cabeza de un bebé que dormía cerca de mí.
Porque
Michi Panero murió en 2004.
Incluso
cuando he bailado con otras personas, es probable que haya estado bailando sola
mientras apretaba los parpados muy fuerte hasta que toda mi cara se desdibujara
y yo no fuera nadie.
Porque
la sábana de aquel hombre no funciono como un paracaídas, sino que lo envolvió
de manera desesperada, y después de eso solo vi un punto blanco descender y
perderse en el brillo de las ventanas. Porque el bebé que dormía bajo mis pies
aquel día, creció y con el tiempo
desarrollo una decena de problemas cognitivos y también una forma craneal bastante
inverosímil. Porque yo creo que todo aquello es mi culpa.
Porque
mi corazón no es un músculo, y yo no soy un organismo.
En Yakima un médico se encargo de que mi papá fuera a un
psiquiatra. Mi madre y yo tuvimos que acudir a la asistencia pública, como
entonces se decía, y el condado le pagaba al psiquiatra. El psiquiatra le
preguntó a mi papá, “¿Quién es el presidente?”. Al fin una pregunta que podía
contestar. “Ike”, dijo mi papá. Sin embargo lo llevaron al quinto piso del
Valley Memorial Hospital y empezaron a tratarlo con electrochoques. Yo estaba
ya casado y a punto de comenzar mi propia familia. Mi papá estaba todavía
encerrado allí cuando mi esposa fue al mismo hospital, un piso más abajo, para
tener nuestro primer niño. Después del parto subí a darle la noticia a mi papá.
Me dejaron pasar por una puerta de acero y me mostraron dónde podía
encontrarlo. Estaba entado en un diván con una manta sobre el regazo. Hola,
pensé, ¿Qué diablos le pasa a mi papá? Me senté a su lado y le dije que era
abuelo. Dejó pasar un minuto y luego dijo: “me siento como un abuelo.” Fue todo
lo que dijo. No sonrió ni se movió. Estaba en un salón grande con un montón de
gente. Luego lo abracé y empezó a llorar.
De alguna manera salió de allí. Pero entonces vinieron los
años en que no pudo trabajar y se pasaba el tiempo en casa tratando de imaginar
qué iba a ser de él y qué había hecho de malo para terminar así. Mi madre
pasaba de un empleo miserable a otro. Mucho después comenzó a hablar del tiempo
cuando él estuvo en el hospital y de los años siguientes como de la época
cuando "Raymond estaba enfermo". La palabra enfermo no volvió a ser
la misma para mí.
(…)
En esos años yo estaba tratando de levantar mi propia familia
y de ganarme la vida. Pero, por una cosa o por otra, siempre nos estábamos
mudando. No podía seguirle la pista a mi papá. Sin embargo, en una Nochebuena
tuve la oportunidad de contarle que quería ser escritor. Lo mismo hubiera
podido decirle que quería ser cirujano plástico. "¿De qué vas a
escribir?", quería saber. Después, como para ayudarme, dijo: "Escribe
sobre cosas que sepas. Escribe sobre esas excursiones a pescar que
hacíamos." Dije que lo haría, pero sabía que no sería así. "Mándame
lo que escribas", dijo. Dije que sí, pero después no lo hice. No estaba
escribiendo nada sobre pescar, y no creo que le hubiera interesado
particularmente, o incluso que hubiera entendido, lo que estaba escribiendo en
esos días. Además, no era un lector. No el tipo de lector para el que me
imaginaba estar escribiendo.
(…)
Después del servicio en la funeraria, cuando ya habíamos
salido, una mujer a la que no conocía vino hacia mí y dijo: "Está más
feliz donde se halla ahora". Me quedé mirándola hasta que se alejó.
Todavía recuerdo el sombrerito que usaba. Luego unos de los primos de papá —no
sabía su nombre— se me acercó y me tomó de la mano. "Todos los
extrañamos", dijo y yo sabía que no lo había dicho por ser amable.
Empecé a llorar por primera vez desde que recibí la noticia.
Antes no había podido. No había tenido tiempo, para empezar. Entonces, de
pronto, no podía contenerme. Abracé a mi mujer y lloré mientras ella decía y
hacía lo que podía para consolarme allí en medio de esa tarde de verano.
Si en virtud de la caridad o de una circunstancia
desesperada, alguno de vosotros pasa una breve temporada en una institución
para la rehabilitación de las Sustancias como puede ser la Ennet House,
patrocinada institucionalmente por la ciudad de Enfield, Massachusetts, se
enterará de muchas cosas exóticas y nuevas.
(…) Que existe cierto tipo de personas que llevan en la
billetera una foto de su terapeuta. Que (y esto es tanto un alivio como una
rara clase de decepción) los penes negros tienden a tener en su conjunto el
mismo tamaño que los penes blancos. O que no todos los varones norteamericanos
están circuncidados.
Que una paradoja pocas veces mencionada de la adicción a la
Sustancia es que una vez que estás lo bastante esclavizado por una Sustancia
como para necesitar dejarla para salvar el pellejo, la Sustancia esclavizadora
se ha vuelto tan importante para ti que estás a punto de perder la cabeza
cuando te la quitan. O que a veces, cuando tu Sustancia favorita te ha sido
retirada para salvarte la vida, cuando te arrodillas para hacer las requeridas
oraciones diurnas y nocturnas, te encontrarás rogando que te sea posible perder
la cabeza, envolverla en algún periódico viejo o algo así y dejarla en un
callejón para que se las arregle sin ti.
Que algunas personas jamás simpatizarán contigo, hagas lo
que hagas. (…) Que por más inteligente que te creas, eres siempre mucho menos
inteligente que eso.
Que el Dios de Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos,
Cocainómanos Anónimos al parecer no exige que creas en Él/Ella/Ello para que
Él/Ella/Ello te ayude. Que si se abandona la mierda del machismo, el llanto
masculino en público no solo es muy masculino, sino que también sienta bien
(dicen).
(…) Que dormir puede
ser una forma de escape emocional y que con un esfuerzo sostenido se puede
abusar de esa actividad. Que una persona no te tiene que gustar para aprender algo
de él/ella/ello. Que el aislamiento no es una función de la soledad. Que es
posible enojarse tanto que realmente llegas a verlo todo rojo. Que alguna gente
verdaderamente roba y que robará cosas que son tuyas. Que muchos de los adultos
de Norteamérica no saben leer de verdad, ni siquiera con un equipo de ROM e
hipertexto con funciones de AYUDA para cada palabra. Que las alianzas
exclusivistas y la exclusión y el cotilleo pueden ser formas de escape. Que la
validez lógica no es garantía de verdad. Que la gente mala nunca piensa que es
mala, sino más bien que todos los demás son malos. Que es posible aprender
cosas valiosas de una persona estúpida. Que requiere esfuerzo prestar atención
a cualquier estímulo durante más de unos pocos segundos. Que de repente y sin
previo aviso quieres colocarte con tu Sustancia de forma tan imperiosa que
piensas que seguramente te morirás si no lo haces y te puedes quedar sentado
allí restregándote las manos en las piernas y en la cara, queriendo pero no queriendo,
si eso tiene sentido, y si puedes aguantarte y no tocar la Sustancia durante el
mono, ese mono pasará eventualmente, se irá, al menos por un rato. Que
estadísticamente es más fácil para gente de bajo cociente de inteligencia dejar
la adicción que para la gente de un mayor poderío neuronal. (…) Que es posible
abusar de medicamentos para el resfriado y las alergias de forma adictiva. Que
el NyQuil tiene una graduación superior a 50. Que las actividades aburridas se
convierten perversamente en mucho menos aburridas si te concentras lo
suficiente en ellas. Que si hay bastante gente en una habitación en silencio
bebiendo café es posible reconocer el sonido del vapor que sale del café. Que a
veces los seres humanos solo tienen que sentarse en un sitio y eso ya les
duele. Que te importará muy poco lo que los demás piensen de ti cuando te des
cuenta de lo poco que piensan en ti. Que existe algo llamado bondad en estado
puro, sin aleaciones y sin agendas. Que es posible caer dormido durante un
ataque de ansiedad. Que concentrarse intensamente en cualquier cosa es un
trabajo muy duro.Que la adicción es una enfermedad o una enfermedad mental o
una condición espiritual (como en los «pobres de espíritu») o un desorden
neurológico o afectivo o de carácter.
Que la mayoría de la gente adicta a una Sustancia también
es adicta a pensar, lo cual significa que mantienen una relación compulsiva y
enfermiza con su propio pensamiento. Que el bonito término de los AA de Boston
para el pensamiento adictivo es: Análisis-Parálisis. Que los gatos cogerán, de
hecho, una violenta diarrea si les das leche, o sea, lo contrario de la imagen
popular sobre los gatos y la leche. Que simplemente es mucho más agradable
estar contento que indignado. Que el noventa y nueve por ciento del pensamiento
de los pensadores compulsivos versa
sobre sí mismos; que el noventa y nueve por ciento de este pensamiento sobre sí
mismos consiste en imaginarse y luego aprestarse a las cosas que están a punto
de sucederles, y luego, extrañamente, si dejan de pensar en eso, el cien por
cien de las cosas en que ocupan el noventa y nueve por ciento de su tiempo y
energía imaginando y preparándose para todas las contingencias y consecuencias
que de ellas se puedan derivar, jamás son buenas. Y que, por tanto, esto se
relaciona de forma bastante interesante con la necesidad de los recién llegados
a la sobriedad de rezar para perder literalmente la cabeza. En pocas palabras,
que el noventa y nueve por ciento de la actividad de esa cabeza consiste en acojonarse
a sí misma. Que es posible hacer huevos escalfados en un microondas. Que el
término callejero para lo maravilloso es «cabreante». Que cada uno estornuda
diferente. Que nadie que haya estado en la cárcel vuelve a ser el mismo. Que no
es imprescindible practicar el sexo con una persona para que esta os pase sus
ladillas. Que uno se siente mejor en una habitación limpia que en una sucia.
Que a la gente a la que hay que tener más terror es la gente aterrorizada. Que
se necesita mucho valor para mostrarse débil. Que no hay que pegarle a nadie
aunque se tengan muchas ganas de hacerlo. Que ningún instante individual y
concreto es en sí mismo insoportable.
Que nadie que haya estado lo bastante esclavizado por una
Sustancia como para tener que dejarla y que lo haya hecho con éxito durante un
tiempo y se haya portado bien y que por alguna razón haya vuelto a ella otra
vez, ha afirmado «jamás» que le alegra haber vuelto a la esclavitud de la
Sustancia, jamás. (…) Que casi todo el mundo se masturba. Y parece ser que
bastante.
Que el cliché «No sé quién soy» resulta ser, por desgracia,
algo más que un cliché. Que tratar de bailar sobrio es algo muy diferente. (…) Que
gente distinta tiene ideas radicalmente distintas sobre su propia higiene
básica. Que, perversamente, a menudo es más divertido querer algo que poseerlo.
Que si haces algo por alguien sin hacerle saber a esa
persona que fuiste tú y sin decirle a nadie lo que hiciste ni que fuiste tú ni
de ninguna manera pretendes que se te dé crédito por ello, pues entonces lo que
haces es una otra forma de intoxicación.Que también se
puede abusar de la
generosidad gratuita.
Que hacer el amor con alguien que no te importa luego te
hace sentir más solo que no haberlo hecho. Que es permisible querer «algo».
Que Dios –a menos que seas Charles Heston o estés confuso,
o ambas cosas– habla y actúa exclusivamente por medio de los seres humanos, en
el caso de que Dios exista. Que Dios tiene el problema de si tú crees o no que
existe Dios en un puesto bastante bajo de la lista de cosas que a Él/Ella/Ello
le interesan con respecto a ti.