Alunando

Esnobismo y vulgaridad

Tratar de construir con este nervio furtivo una habitación donde entren los arboles, despeine el sol y duerma una nube.

"Y os daré un poema lleno de corazón en el cual me despedazaré por todo lado"

" ¿Qué es arte?

- Nada que no pueda hacer un carnicero-"

sábado, 28 de febrero de 2015

La broma infinita (Fragmento) - David Foster Wallace




INVIERNO DE 1960 AS, TUCSON, ARIZONA
[Fragmentos*]



Jim, así no, Jim. Esa no es manera de tratar una puerta de garaje, doblando la cintura con fuerza y estirando del picaporte de modo que la puerta se sacude y se sacude con fuerza y te cargas tus espinillas y mis rodillas destrozadas, hijo. Veamos cómo te agachas con tus rodillas sanas. (...) Tu madre hace eso. Trata a los cuerpos ajenos sin el debido respeto ni cuidado. Nunca aprendió que tratar las cosas del modo más suave y relajado es tratarlas tanto a ellas como a tu propio cuerpo con la máxima eficiencia. Es culpa de Marlon Brando, Jim. Tu madre allá en California antes de que nacieras, antes de que se convirtiera en una madre dedicada, una muy sufriente y trabajadora esposa, hijo, tu madre tuvo un papelito secundario en una película de Marlon Brando. Su momento estelar. Tenía que quedarse allí con los mocasines blancos, calcetines cortos y coletas y llevarse las manos a los oídos como si le pasaran al lado motos estruendosas. Una gran escena dramática, créeme. Se enamoró desde la distancia de este tipo, Marlon Brando, hijo. ¿Quién? Quien. Jim, Marlon Brando era el arquetipo del nuevo tipo de actor y arruinó las relaciones de dos generaciones enteras con sus propios cuerpos y con los cuerpos y objetos que los rodeaban. ¿No? Pues se debe a Brando que tú quisieras abrir la puerta de ese modo, Jimbo. La falta de respeto se aprende y se transmite. Se transmite. Conocerás a Brando cuando lo veas y tendrás que aprender a temerle. Brando, Jim. B-r-a-n-d-o. Brando, el nuevo tipo duro y arquetípico, rebelde y vago que se apoya en las patas traseras de su silla, que aparece encorvado en el umbral de la puerta, que camina cabizbajo delante de cualquiera, que trata de dominar los objetos, que no muestra el menor respeto ni cuidado, que coge las cosas como un jovencito caprichoso y las usa y las arroja impunemente a un lado para que no caigan en la papelera y se queden allí, maltratadas. Con los movimientos impetuosos y torpes y la actitud propia de un nene caprichoso. Tu madre es de esa nueva generación que se mueve a contracorriente del grano de la vida y de su tendencia y ondulación naturales. Puede haberse enamorado de Brando, Jim, pero no lo comprendió y eso es lo que la hizo inepta para las artes cotidianas como hornos o puertas de garajes e incluso para un tenis de bajo nivel y de parque necesariamente público. ¿Alguna vez viste cómo tu madre trata un horno? Es carnaza, Jim, es una pena verla y la pobre atontada piensa que se trata de un tributo a ese tipo vago y encorvado que amaba cuando él andaba cerca. Jim, ella nunca intuyó la amable y astuta economía que había tras la relación supuestamente dura, torpe y espontánea de este sujeto con los objetos.






(...)

Hijo, tienes diez años y esta es una noticia difícil de tragar para alguien de diez, incluso aunque tengas casi once y seas un posible freak pituitario. Hijo, tú eres un cuerpo. Ese pequeño cerebro científico y prodigioso del que ella está tan orgullosa y del que no deja de gorjear: Hijo, no son más que espasmos neuronales, esas ideas en tu cabeza no son más que el sonido de tu cabecita acelerada y la cabeza no es más que cuerpo, Jim. Métetelo en la sesera. La cabeza es cuerpo. Jim, ven a mis brazos para recibir esta mala noticia a los diez años: tú eres una máquina un cuerpo un objeto, Jim, no más que este rutilante Montclair, o este rollo de manguera o aquel rastrillo para la grava del patio delantero o Dios santo esa horrible araña está haciendo flexiones en su telaraña allí sobre el rastrillo, ¿la ves? ¿La ves? Latrodectus mactans, Jim. Una viuda. Coge esta raqueta y muévete con gracia y ganas hasta allí y mata esa viuda por mí, señorito Jim. Vamos. Hazla polvo. Échale pelotas. Eso es, chaval. Un brindis por el sector sin arañas de este garaje comunitario. Ah. Cuerpos cuerpos por todos lados. Una pelota de tenis es el cuerpo definitivo, muchacho.

(...)

permíteme… que los libros no se tiran de golpe como las botellas al cubo de la basura, se depositan, se guían con todos los sentidos alerta, sintiendo sus bordes, la presión sobre los dedos de ambas manos mientras doblas las rodillas sujetando el libro y lo colocas con un ligero empujón delicado de modo que el aire sobre el suelo polvoriento… que el aire del suelo se desplace en un cuadrado suave y no levante polvo. Asiií. No así. ¿Entiendes? ¿Me has comprendido? No seas así, hijo, no seas así. No te pongas hipersensible conmigo, hijo, cuando lo único que intento es ayudar. Hijo, Jim, detesto esto, detesto que hagas esto. Te desaparece el mentón en esa pajarita que llevas cuando te tiembla y te cuelga tanto el labio inferior. Parece que no tengas mentón, hijo, y un labio inmenso. Y esa capa de mocos que cae de tu labio superior, cómo brilla, no, no lo hagas, es asqueroso, hijo, tú no quieres repugnar a la gente, debes aprender a controlar esta especie de hipersensibilidad que tienes cuando te toca afrontar una verdad por más dura que sea, porque conquistar y ejercer algún control es el meollo de por qué me estoy tomando toda esta mañana libre de ensayos pese a que tengo no una sino dos pruebas vitalmente urgentes e inminentes, para poder enseñártelo, estoy pensando en dejar que te sientes y toques el cambio e incluso… quizá hasta conduzcas el Montclair, bien sabe Dios que tus pies llegan al embrague, ¿eh, Jimbo?, eh, eh, ¿por qué no conduces el Montclair?

(...)

Porque qué crees, hijo… no, sigue, llora, no te inhibas, no diré ni pío salvo que cada vez me afecta menos, te lo aviso, creo que estás abusando de las lágrimas y la… cada vez tienen menos efec… Son menos efectivas conmigo cada vez que las usas aunque nosotros sabemos los dos sabemos que no es así entre tú y yo sabemos que siempre funcionarán con tu madre, ¿verdad?, nunca fallan, cada vez que llores, ella cogerá tu gran cabezota y la pondrá sobre su hombro de un modo que parece obsceno, si la pudieras ver, palmeándote la espalda como si estuviera ayudando a eructar a un obsceno bebé de tamaño gigante, blando y flojo y con pajarita y con un libro que le estropea los tendones, lloriqueando, ¿harás lo mismo cuando hayas crecido? ¿Habrá episodios como este cuando seas un hombre dirigiendo tu propia vida? ¿Un ciudadano del mundo que no irá dando lástima? ¿Se te hinchará y congestionará la cara cuando midas dos grotescos metros de altura, dos metros como tu abuelo que ojalá arda en el vacío del infierno cuando finalmente la palme en el último hoyo, y contigo, con esa cara chata y sin mentón igualito a él que tienes posando tu cabeza en el sufriente hombro húmedo y moqueado de esa pobre idiota de mujer llena de paciencia?

(...)

No me gusta nada decir algo como esto, este tópico mierdoso de que las cosas eran distintas cuando yo era joven, la clase de tópico que te lanzaban los padres de entonces, en el caso de que mi padre dijera algo. Pero era así. Diferente. Los chicos, los chicos de mi generación, ellos… ahora vosotros, la muchedumbre post-Brando, no podemos gustaros ni disgustaros, no podéis respetarnos ni dejar de respetarnos como seres humanos, Jim. A vuestros padres. No, espera, no tienes por qué fingir que no estás de acuerdo, no, no tienes por qué decirlo, Jim. Porque lo sé. Lo podría haber vaticinado viendo a Brando, a Dean y a los demás, y lo sé, así que no farfulles. No culpo a nadie de tu edad, muchacho. Veis a vuestros padres como amables o rudos, felices o desgraciados, borrachos o sobrios, grandes o casi grandes o fracasados, del mismo modo que veis cuadrada una mesa o veis un Montclair de color rojo labios. Los jóvenes de hoy… vosotros, chicos, de algún modo no sabéis sentir, mucho menos amar, por no hablar del respeto. Para vosotros no somos más que cuerpos. Nada más que cuerpos y hombros y rodillas con cicatrices y grandes panzas y billeteras vacías y petacas. No estoy diciendo nada tópico como que no nos prestáis ninguna atención, sino que no podéis… ni imaginar nuestra ausencia. Estamos tan presentes que ya hemos perdido todo significado. Somos medioambientales. Los muebles del mundo.






 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Inactividad cerebral

Meghan Howland



Voy a usar mi cuerpo,
pero cuando lo haga no podré pensar,
no podré pensar en él, no podré pensar en nada,
deberé anular mi inteligencia súbita,
voy a tener que balancearme sobre mis brazos
mientras me gritan,
y yo no pienso nada,
yo no creo en nada.

Cuando use mi cuerpo,
no puedo poner mi alarma despertadora a las 4:00 am
no puedo estar durante una hora tratando de convencerme
de que salir de la cama tiene algún sentido practico,
tópico, real, sistemáticamente correcto,
simétricamente proporcional,
como si midiera mi vida deforme del mismo modo
con el que mido la cara de la gente que no amo.

Me voy a mover sin pensar
en esa lista de 40 psicofarmacos, seguidos
de una montaña microscópica de
neurotransmisores inhibidos.

Correrá cada mañana, jugara basquet
se cansara pero él no podrá saberlo,
estará como inyectado de morfina
suspendido de toda conexión emocional.

Voy a tener un cuadro pintado con un cuerpo,
pero el cuadro como se apreciara luego
no estará hecho de nada, sino
del espacio vacío que deja el movimiento de ese cuerpo,
que es lo único que voy a tener desde hoy y para siempre.

Voy a usar mi cuerpo y
lo dejare recostado en el ultimo puesto de un autobús,
lo voy a llevar a un puerto muy lejos de aquí
y lo callare, lo dejare allí abandonado
y él sabrá lo que tiene que hacer,
él sabrá que necesita callarse,
él va a entender que lo único que quiero de él
ya lo he obtenido,
él se sentara solo de nuevo,
en esa tienda aburrida y larga,
y pedirá otra vez un Brownie
y hará la digestión de manera tibia y solitaria,
él no va a extrañar a nadie
porque un cuerpo carece de amistades profundas,
de ambiciones, de personalidad, de definiciones,
pero posee dimensión.





miércoles, 28 de enero de 2015

Las primas (Fragmento) - Aurora Venturini

Y así fuimos cumpliendo años, pero yo asistía a clase de dibujo y pintura que el profesor de Bellas Artes opinó que sería una plástica importante a causa de que por ser medio loquita dibujaría y pintaría como los extravagantes plásticos de los últimos tiempos.
El profesor me dijo: Yuna –así me llaman– tus cuadros son dignos de integrar una exposición. Hasta puede ser que alguno se venda.
Me alborozó tal alegría que salté sobre el profesor con todo el cuerpo y quedé adherida al cuerpo del profesor con los cuatro miembros: pies y piernas, y nos caímos juntos.
El profesor dijo que yo era muy bonita, que cuando creciéramos íbamos a noviar y que me enseñaría cosas tan bonitas como dibujar y pintar pero que no divulgara nuestro proyecto que en realidad era sólo su proyecto y yo supuse que se trataría de exposiciones más importantes y entonces volvía a saltarlo y lo besé. Y él también, con un beso de color azul que me repercutió en lugares que no nombro porque no estaría bien. Y entonces busqué una tela grande y sin dibujar pinté en rojo dos bocas presionadas, enganchadas, unidas, inseparables, cantarinas y dos ojos arriba, azules, de los que desmayaban lágrimas de cristal. El profesor, de rodillas, besó el cuadro y ahí se quedó, en la sombra. Y yo volví a casa.
Conté a mamá de la exposición y ella que no entendía de arte contestó que esos mamarrachos informes de mis cartones harían reír a los concurrentes pero que si el profesor quería, a ella no el iba ni le venía. Cuando expuse, me compraron dos cuadros. Lástima que uno fue el de los besos. El profesor lo bautizó: “Primer amor”. A mí me pareció bien. Pero no comprendí del todo el significado.
Yuna es una promesa decía el profesor y esto me gustaba tanto que cada vez que lo decía, me quedaba después de hora para saltarle. El nunca me retó. Pero cuando me crecieron las tetitas me dijo que no lo saltara porque el hombre es fuego y la mujer es paja. No entendí. No salté ya.
(...)

martes, 30 de diciembre de 2014

392 canciones de Daniel Johnston para Daniel Johnston



A ninguna carne le interesa ser amada,
en lo más mínimo.

Cuando los días comiencen a irse,
veré que pongan en mi epitafio la letra
de todas las canciones que componen
los 23 álbumes
de un hombre
que es el ser más triste del mundo,
aunque él no lo sepa.

Un epitafio, digno y bueno,
en el cual me regodeo como un pez muriendo.

La tierra húmeda se mete por mi nariz.
estoy teniendo aquella conversación en un atasco,
y tu boca habla
y mi boca escucha
y aseguro, querida, reafirmo,
que el mar es profundo,
y si adentro mueres,
es porque no soportas ser el único pensamiento
inteligible, bajo el agua.

Comenzare a perforar mi corazón,
y con el paso de los días notare, que
lamentablemente el mayor agujero de mi cuerpo
esta consagrado
como un choque de lucidez en la mente
de un enfermo,
como el recuerdo primigenio de un hombre
que ha caminado durante 7 horas
sin rumbo alguno,
porque ha perdido la memoria.

Cada vez que trato de configurar
una idea,
acerca de lo que hago,
del camino que debo tomar,
entonces he olvidado de nuevo lo que pasa,
y la luz es irremediablemente azul y helada.

A ningún ser le interesa comprender que le aman,
a menos
que aquel sentimiento no sea único,
a menos
que el ser en cuestión,
ame.


martes, 9 de diciembre de 2014

Miles de pequeñas historias que no parecen relevantes

"Un hombre blanco que hubiera querido decirte una cosa hermosa, escribiría: <<No puedo olvidarte>>, Los africanos dicen: <<Pensamos que nunca puedes olvidarnos>>"

Karen Blixen


Siempre hay una historia real sustentada por miles de pequeñas historias que no parecen relevantes. Bajo corriendo a la cocina pero no hago ruido, busco comida en la nevera,  y en la alacena. Mi integridad moral es un trozo de pan con moho. 


Un amigo metido en un autobus,  mira de manera desinteresada todo lo que existe y asegura que la primera frase de un texto siempre debe ser verdadera. Que no lo dice él, que lo dice Hemingway. Que queremos a Hemingway, porque leer a Hemingway en completo silencio durante un año de soledad es hermoso. La primera linea debe ser sincera y cierta, sobretodo cierta. 

Cierro los ojos, son las 4:30 de la mañana, la habitación es oscura y los bordes de las cosas están iluminados por una pantalla, todo es lúcido. Hay un único sonido que es la voz de alguien, y esa voz es similar al agua. 

Me siento al borde de la piscina, afuera del complejo llueve, mi padre hace 100 mts y se queda en la otra orilla. Adoro el agua, abajo veo mis pies azules como si hubiera muerto, mis piernas increíblemente lisas. Tengo la impresión de que la vida es mucho más larga de lo que creíamos que sería. Me impulso desde la pared, toco el fondo, estoy dos metros abajo del oxigeno que necesito, giro para ver hacia arriba, las burbujas suben, y todo parece estar limpio afuera, el agua es azul y el cloro es sagrado, si alguien grita un mensaje ininteligible a través de la corriente inmóvil, no podre oírlo, porque mi tímpano es presionado por el agua, me impulso con la punta de los pies hacía la superficie, recuerdo que la primera vez que Hans Reiter vio un bosque de algas, lloraba debajo del agua. Antes de cruzar a la superficie y ahogarme en mi oxigeno, pienso si no sera raro recordar citas textuales mientras mis pulmones están contraídos, puede ser que no.

La gente ha ido abandonando la sala de cine lentamente, estoy sentada en la tercera silla de izquierda a derecha, en la penúltima fila. Una mujer en la pantalla espera por el cuerpo de su marido, cuya mano inerte debe estar sosteniendo una bolsa blanca con un par de zapatos. Hay un parto, aves negras atravesando la pantalla que tiene un cielo azul. Hay una masacre. Saco maní de una bolsita roja y lo como. Hay una anciana delgada, de pie frente al agua de un manglar hecho de casas, vestida pasa salir, bien peinada, con un par de nuevos zapatos, y una mano que acaba de acariciar lentamente su ataúd, junto a la cama, una madera modesta, un lugar silencioso.

Will McBride

CNN Latinoamerica pasa una noticia. Digo a mi familia lo que sé sobre 43 personas, ellos dicen lo que saben, la noticia se prolonga, almorzamos, me piden que sirva más Cocacola en los vasos, los lleno a tope. 



Conocí hace un par de meses a Alguien. Alguien lloró cuando escucho a su primer paciente, un niño ciego de 9 años, responder al primer item (De vez en cuando estoy triste/ Muchas veces estoy triste/ Siempre estoy triste.) del CDI de M. Kovacs, diciendo que a veces estaba triste, pero que sin embargo esa tristeza no era lo verdaderamente triste, sino que lo verdaderamente triste era que no podía llorar cuando sentía aquella tristeza, porque sufría también de un problema glandular, por eso cuando estaba al borde del llanto le picaban mucho los ojos y todo ardía. Pero, la verdad era que él no sabía como se sentía estar triste, porque creía que la tristeza eran las lagrimas, entonces el niño preguntó a Alguien, si para responder a esa pregunta era necesario haber llorado alguna vez, Alguien dijo que no y lloró. Luego, cuando el cuestionario siguió, el paciente de Alguien  deliberó de nuevo en el item número 20 (Nunca me siento solo/ Muchas veces me siento solo/ Siempre me siento solo) mientras decía, que quizás se sentía solo, porque aveces oía los pasos de su madre por la casa y cuando la llamaba ella no respondía nada, pero que de todas formas eso parecía bueno. Y luego preguntó a Alguien si sentirse solo podría también ser algo bueno, Alguien estuvo obligado a decir que no y lloró.



El acceso a los demás es una infamia. Ninguno de nosotros ha pensado en un tercero sin usarse a si mismo como modelo. Sabemos lo que se siente, hemos sentido miles de veces, pero jamas a los demás. Existe una sola historia, que es la propia, un pájaro no se estrella contra una ventana, de hecho, un pájaro ni siquiera se estrella. Todos los gestos hechos en una caminata silenciosa por el patio de una casa, son gestos perdidos, que no van a ningún lado, neuronas espejo que no se activan, movimientos que nadie ve. El acceso a los demás es incierto. El acceso a los demás son todas aquellas pequeñas historias que configuran la historia real, pero ¿sentirse solo podría también ser algo bueno?. 









lunes, 24 de noviembre de 2014

Roberto Bolaño (Fragmentos)


PROSA DEL OTOÑO EN GERONA

Una persona—debería decir una desconocida—que te acaricia, te hace bromas, es dulce contigo y te lleva hasta la orilla de un precipicio. Allí, el personaje dice ay o empalidece. Como si estuviera dentro de un caleidoscopio y viera el ojo que lo mira. Colores que se ordenan en una geometría ajena a todo lo que tú estás dispuesto a aceptar como bueno. Así empieza el otoño, entre el río Oñar y la colina de las Pedreras.


Después de un sueño (he extrapolado en el sueño la película que vi el día anterior) me digo que el otoño no puede ser sino el dinero. El dinero como el cordón umbilical que te comunica con las muchachas y el paisaje. El dinero que no tendré jamás y que por exclusión hace de mí un anacoreta, el personaje que de pronto empalidece en el desierto.


Sácame de este texto, querré decirle, muéstrame las cosas claras y sencillas, los gritos claros y sencillos, el miedo, la muerte, su instante, Atlántida cenando en familia.



LOS DETECTIVES SALVAJES

Un revolucionario de verdad, les dije yo con la voz más triste del mundo, pero también un hombre de Obregón, la pureza no existe, muchachos, desengáñense, la vida es una mierda. 

Después de coger a mi general le gustaba salir al patio a fumarse su cigarro y a pensar en la tristeza poscoito, en la pinche tristeza de la carne, en todos los libros que no había leído.

Muchachos, les dije, que veía los esfuerzos y los sueños, todos confundidos en un mismo fracaso, y que ese fracaso se llamaba alegría.

Si vieras a mi hija, le digo, te enamorarías de ella. Ah qué don Joaquín, dice él. Pero yo le insisto: si la vieras caerías a sus pies como un pájaro herido, José Manuel, y comprenderías de golpe un montón de cosas que ahora no entiendes.

Este país es una mierda, dijo Albertito. No funciona la policía, ni los hospitales, ni las cárceles, ni las morgues, ni los servicios de pompas fúnebres.

es una broma, Amadeo, el poema es una broma que encubre algo muy serio.

Durante un segundo de lucidez tuve la certeza de que nos habíamos vuelto locos. Pero a ese segundo de lucidez se antepuso un supersegundo de superlucidez (si me permiten la expresión) en donde pensé que aquella escena era el resultado lógico de nuestras vidas absurdas. No era un castigo sino un pliegue que se abría de pronto para que nos viéramos en nuestra humanidad común.

No era la constatación de nuestra ociosa culpabilidad sino la marca de nuestra milagrosa e inútil inocencia.


Iñaki Echavarne, bar Giardinetto, calle Granada del Penedés, Barcelona, julio de 1994. 
Durante un tiempo la Crítica acompaña a la Obra, luego la Crítica se desvanece y son los Lectores quienes la acompañan. El viaje puede ser largo o corto. Luego los Lectores mueren uno por uno y la Obra sigue sola, aunque otra Crítica y otros Lectores poco a poco vayan acompasándose a su singladura. Luego la Crítica muere otra vez y los Lectores mueren otra vez y sobre esa huella de huesos sigue la Obra su viaje hacia la soledad. Acercarse a ella, navegar a su estela es señal inequívoca de muerte segura, pero otra Crítica y otros Lectores se le acercan incansables e implacables y el tiempo y la velocidad los devoran. Finalmente la Obra viaja irremediablemente sola en la Inmensidad. Y un día la Obra muere, como mueren todas las cosas, como se extinguirá el Sol y la Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres. Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia.


2666

Cuando Hans Reiter vio por primera vez un bosque de algas se emocionó tanto que se puso a llorar debajo del agua. Esto parece difícil, que un ser humano llore mientras bucea con los ojos abiertos, pero no olvidemos que Hans tenía entonces sólo seis años y que en cierta forma era un niño singular.


Al despertar el adolescente de catorce se encuentra en una habitación pobre, con una cama pobre y un ropero pobre en donde cuelgan sus ropas de pobre. Al asomarse a la ventana contempla extasiado el paisaje urbano de Nueva York. Las aventuras del joven en la gran ciudad, no obstante, son desgraciadas. Conoce a un músico de jazz que le habla de pollos parlantes y probablemente pensantes. 
–Lo peor de todo –le dice el músico– es que los gobiernos del planeta lo saben y por eso hay tantos criaderos de pollos.    
El joven objeta que los pollos son criados para que ellos mismos se los coman. El músico contesta que eso es lo que quieren los pollos. Y termina diciendo: 
–Putos pollos masoquistas, tienen a nuestros dirigentes cogidos por los huevos.




El agua y Mongolia - Toriko Takarabe




No pienso en el mar cuando tomo agua.
De pie en la cocina,
sólo alzo la mirada hacia el sucio ventilador azul.

No siento ni en el corazón ni en la espalda
las oleadas lejanas de la boca del río o de la bahía.
Que en medio de la llanura de Mongolia, parecida al mar,
haya un paso
con televisor
no se me ocurre, tampoco que el cuerpo humano
sea casi por completo de agua
ni que el alma sea de agua.

Cuando tomo agua,
con cariño corre una oveja por la tráquea
como una pincelada pianísima.
En ese instante el cuerpo sosegado
tiembla con fuerza,
pero no pienso en los mongoles que persiguen las ovejas
cuando el agua atraviesa la garganta

Ni tú pensarás cuando tomas agua
en hombres mongoles.
Ante el eco del sonido gutural,
no se te ocurrirá pensar
que los mongoles caminan hacia la orilla
a grandes zancadas con botas largas de cuero de oveja

Caminen, hasta donde resplandece el agua.
Al soplar el viento sobre la llanura seca de la orilla,
los pastos bajitos ondulan, como si las ovejas
estuvieran dormitando.
Los pastos secos se erizan susurrantes contra el viento,
la agilidad de los susurros movedizos,
¡qué brincos tan suaves!: –nada de esto
lo pensarán cuando el agua atraviesa la garganta.

Sólo de un vaso transparente
tomamos agua a borbotones sin pensar en nada.
Es lo más lógico.

domingo, 23 de noviembre de 2014

No es cruel el mundo



No es cruel el mundo,
pero yo exijo un nuevo amor,
un corazón soberbio, altivo y minimalista,
que no cree,
incapaz por completo de ver,
de existir.

El mundo es suficientemente violento,
¿y si no lo es?
aquel amor lo sera
todo lo que se estrelle contra él
tendrá que morir, o torcerse hasta desaparecer,
el camino largo y estúpido por el que
debe el mundo desfilar, arrastrándose,
sera su camino, no dolerá.

Rechino los dientes,
Nunca he sido destruida como debería,
jamas he sido lastimada desde fuera,
pero he visto el hielo quemando
decenas de veces.

Recuerdo una golpiza brutal,
y mucho llanto,
el metal chorreándome de la boca,
el silencio,
la poca autoridad para vivir
con la que nacen los niños,
el camino de las manos agarradas fuertemente al vacío,
un pensamiento que traspasa el amor de mi padre,
el de mi madre,
el de mi hermano,
y se queda en la cara de aquella mujer herida,
que no soy yo,
aquella mujer que de ninguna manera soy, ni seré, nunca, jamas, no.
aquella persona que no existe,
ni siquiera para sí misma.

cierro la puerta, veo el cuerpo de todos,
salgo y no hay más que millones de cuerpos extraños
que se tocan levemente y eso esta bien,
caras de niños.

Llueve desde que nací,
hemos tratado de movernos por lo bajo,
modificar aquella dirección,
sin embargo no hay más caminos.

Solo
este charco de neón,
este pequeño sueño del asesinato:
El parricidio es valido únicamente
cuando quien muere
no es tu verdadero padre, sino el otro
el impostor.

No es cruel el mundo,
piensa que se hunden los que deben,
y que alguien en alguna habitación
conoce el lugar de la tormenta
donde la luz y el sonido son la misma cosa.

El lugar en el que nacía todo,
pero nacía muerto.


sebastião salgado 


viernes, 26 de septiembre de 2014

El baño suabo (Fragmento: En tierras bajas) - Herta Müller

Es un sábado por la tarde. El calentador del baño tiene el vientre al rojo vivo. La ventanilla de ventilación está herméticamente cerrada. La semana anterior, Arni, un niño de dos años, había cogido un catarro por culpa del aire frío. La madre lava la espalda del pequeño Arni con unos pantaloncitos desteñidos. El pequeño palmotea a su alrededor. La madre saca al pequeño Arni de la bañera. Pobre crío, dice el abuelo. A los niños tan pequeños no hay que bañarlos, dice la abuela. La madre se mete en la bañera. El agua aún está caliente. El jabón hace espuma. La madre se restriega unos fideos grises del cuello. Los fideos de la madre nadan sobre la superficie del agua. La bañera tiene un borde amarillento. La madre sale de la bañera. El agua aún está caliente, le dice la madre al padre. El padre se mete en la bañera. El agua está caliente. El jabón hace espuma. El padre se restriega unos fideos grises del pecho. Los fideos del padre nadan junto con los fideos de la madre sobre la superficie del agua. La bañera tiene un borde parduzco. El padre sale de la bañera. El agua aún está caliente, le dice el padre a la abuela. La abuela se mete en la bañera. El agua está tibia. El jabón hace espuma. La abuela se restriega unos fideos grises de los hombros. Los fideos de la abuela nadan junto con los fideos de la madre y del padre sobre la superficie del agua. La bañera tiene un borde negro. La abuela sale de la bañera. El agua aún está caliente, le dice la abuela al abuelo. El abuelo se mete en la bañera. El agua está helada. El jabón hace espuma. El abuelo se restriega unos fideos grises de los codos. Los fideos del abuelo nadan junto con los fideos de la madre, del padre y de la abuela sobre la superficie del agua. La abuela abre la puerta del cuarto de baño. Luego mira en dirección a la bañera. No ve al abuelo. El agua negra se derrama sobre el borde negro de la bañera. El abuelo ha de estar en la bañera, piensa la abuela, que cierra tras de sí la puerta del cuarto de baño. El abuelo deja correr el agua sucia de la bañera. Los fideos de la madre, del padre, de la abuela y del abuelo dan vueltas sobre la boca del desagüe.

La familia suaba se instala, recién bañada, ante la pantalla del televisor. La familia suaba, recién bañada, aguarda la película del sábado por la noche


Solomon (Jacob Reynolds) - Gummo